Salir a la luz

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¡Qué bueno haberte encontrado Ana y con esta maravillosa tarde! Sentémonos aquí en este café. Me encantan estos bares mirando al Sena. Llega la primavera y Paris comienza a brillar. Sí estoy alegre, muy alegre de verte ¡Te has dado cuenta!

¿Qué si me ha pasado algo? ¡Pues sí y mucho! Me muero por contarte, aunque me había propuesto no decírselo a nadie y mantener esta alegría solo para mí.

Sí, ya sé que te has preocupado mucho por mi salud. Todas ustedes me han apoyado. Desde mi separación de Ariel la vida había sido un tobogán. He caído día tras día, mes a mes año tras año. Fue un largo invierno, sin un solo día de sol. Pero ahora brilla furiosamente, cálido, aunque estemos todavía en primavera.

¡Sí, sí tengo una pareja! Me cuesta creerlo. Pero vamos por parte, empezaré por el final. Festejaríamos nuestro aniversario. Nos preparábamos para salir un sábado a la noche. No era un día cualquiera. Lo festejaríamos en el restaurante la Table de Colette. Sí, es caro, pero bien valía el gasto. ¿Él?? ¡No, todavía no te diré su nombre! ¿por qué? ya lo sabrás.

Trajeron el vino. Brindamos por nuestra felicidad, alegres, exuberantes. Como cada vez que estamos juntos, me lo devoraba con la vista. Quería comérmelo allí mismo. Me cuesta mantener la compostura ¡no te rías, es verdad.

Trajeron la cena, la disfrutamos, mientras yo esperaba el momento oportuno para dar el golpe de efecto justo. -Tus tramas algo. Me dijo. Y saqué el sobre de mi cartera. Lo apoyé en la mesa. – ¿Qué es? Preguntó. No dije nada. Él abrió lo y extrajo dos billetes de avión. Me miró con sus increíbles ojos azules. Se levantó, me incorporé y allí delante de todos me abrazó, besándome apasionadamente. Todos los comensales aplaudían. Vaya a saber lo que pensaban.

Sí, claro los pasajes eran un viaje a un lugar soñado para un europeo. O al menos para él, que tanto le gustan las aventuras y los lugares remotos. Después de mucho elegir me decidí. Así que compré dos billetes a Buenos Aires. Nos quedaríamos un par de días recorriendo la ciudad. Luego volaríamos a Iguazú.

¿Qué dónde queda? ¡Son las cataratas más grandes del mundo, en Misiones Argentina! Tomamos un vuelo en primera clase y en octubre llegamos a Buenos Aires. Dos noches en el Hotel Plaza para reponernos del viaje y adaptarnos a los horarios.

Recorrimos un poco Buenos Aires. Y nos dimos el gran gusto. Fuimos a almorzar a una gran parrilla, se llama la Estancia. Disfrutamos de las verdaderas carnes argentinas, realmente únicas.

Durante el almuerzo él me miraba a los ojos ¿te lo describo?, bueno solo en parte. No quiero que te des cuenta de quién es. No todavía. Sí, lo conoces, ten paciencia. Es un tema complicado, pero no voy a renunciar a él, es una persona maravillosa y estoy enamorada. Estos son los mejores momentos de mi vida. Te contaba del almuerzo. Tomó mis manos. ¡Me dijo tantas cosas dulces! Su piel me trasmitía una fuerza, una seguridad y la certeza de un amor sin medida. No podía creer que fuésemos juntos a conocer una de las maravillas de la tierra y en medio de la selva.

 ¡Soy feliz!, te lo digo una y otra vez. ¡Sí, ya sé que luego del profundo abismo al que había llegado mi vida!, este renacer no puede creerse.  Aquí estoy abriéndote mi cazón. Y lo hago, vas a conocer el secreto más profundo, porque tú me salvaste la vida. Unos minutos más y no estaríamos hablando ahora. ¡tengo tanto que agradecerte! No, no lo digas, te quiero y te pido perdón por no habértelo contado antes.

Sigamos. Desde Buenos Aires volamos hasta Puerto Iguazú. Durante todo el vuelo llenó mis oídos de dulces palabras. Yo soñaba, imaginaba que llegarían hermosos momentos, aunque una sombra oscura cruzaba mi mente. Sin embargo, no quería pensar en eso. He luchado por esta felicidad sin límites y lo seguiré haciendo. No voy a perderlo, lo amo más allá de toda explicación. No la hay, solo su compañía le sentido a da la vida, que estuve a punto de perder.

Ya, te diré, ya te diré. Exploto de felicidad y la quiero compartiré contigo.

Puerto Iguazú, en Argentina, es un pueblo pequeño. La frontera con Brasil se encuentra muy cerca. Posee grandes hoteles. Pero las gigantescas caídas de agua se encuentran del lado argentino.

Dentro del parque, nos alojamos en el Hotel Puerto Iguazú. Desde el mismo, caminando se llegan a las pasarelas que recorren todos los enormes saltos de agua. Estos caminos de metal, que se encuentran elevados, dejan apreciar la magnificencia de la Naturaleza.

Nos tomamos varios días para disfrutar una y otra vez de la inmensidad de los ríos que se volcaban explotando en columnas de vapor produciendo arcoíris enormes. Él me dijo – ¿Sabes que dicen que al final del arcoíris encontrarás una bolsa con oro? Y la he encontrado, no al final del arco iris. Tú estás aquí a mi lado. Esta noche estaré saboreando toda tu piel. Cada rincón, cada milímetro lo devoraré, hasta que tus gemidos se confundan con el viento. Esas palabras y sus manos rozándome alcanzaron para sentirme húmeda, deseada, necesitada.

Recorrimos cada lugar del parque. Nos asombramos ante la maravilla de la naturaleza. Aún faltaba un gran trecho por caminar, quería volver. Quitarle su ropa, succionar su boca. Todo. Mi objetivo era uno, hacerlo feliz. Dirás solo sexo, sí, el sexo es hermoso y sublime cuando dos personas coinciden amándose. Contándose los más profundos e íntimos secretos. Nunca me abrí tanto a alguien. Jamás necesité decirlo todo. Saberlo todo del otro.

Al final de las pasarelas de abajo, las hay abajo y sobre las cascadas, se encuentra un salto de agua inmenso. La catarata cae casi hasta los pies. Se llama el salto Bosetti. Hay un balcón, allí nos tomamos de las manos, abrimos nuestra boca y miramos hacia arriba, mientras el mundo, hecho agua, explotaba a pocos metros nuestros. El ruido ensordecedor ahogaba todo. A la vez gritamos como locos ¡Te amo, te amo! Y nos abrazamos, bajo ese diluvio, empapados, seguros y felices.

Esa tarde fue una larga caminata hasta el hotel. No estábamos cansados, al contrario, ¡exuberantes! Y deseosos. Cenamos en el salón, escuchamos un piano maravilloso. Bailamos, sintiendo el palpitar de nuestra carne y yo su erección.

Llegó el momento. Mientras corríamos hacia la gran cama, dejamos nuestra ropa desparramada por el suelo. Me tumbé sobre la colcha de seda. Él me quitó la braguita con sus dientes. Quería entregarme. Me coloqué de espalda y le dije

-Soy tuya, hazme lo que deseas, si siento un poco de dolor lo soportaré. Disfrútame más allá de todo. Nunca lo había hecho de ese modo. Él con sumo cuidado, lentamente con infinita ternura lo hizo. Esa noche aprendí otra forma de placer.

En la mañana desayunamos en el gran salón, mirando al parque. Haciendo planes para el nuevo día. De pronto hice silencio y miré sus ojos inmensos. Tomé sus manos -Qué te ocurre, me preguntó. Con cierto rubor, le dije que saliéramos más tarde. Que fuésemos a la habitación. Quería ofrecerle otra vez lo que le había dado. Se levantó, me abrazó y si decir palabras fuimos al cuarto. Me tumbé boca abajo y lo dejé hacer mientras oleadas de placer me hacían aullar.

Había llevado algunos juguetes. Sin ningún pudor, entre nosotros, nunca lo hay. Mientras él lo hacía introduje el juguete en mi sexo. Pienso en ello y quiero volver a hacerlo. Discúlpame, no debería contarte toda esa intimidad, ¡pero soy tan feliz que necesito decírtelo! ¡Es tan hermoso!

Cuando tus haces el amor ¿sueles hablar con tu pareja? No, no me refiero a los gemidos. Con él practicamos algo que alarga el placer- ¡Hablamos! Sí, no, no de cosas triviales. Nos contábamos nuestros sueños. Hablamos con realizar viajes, de conocer lugares. En esos momentos. él me ha penetrado, comienza a casi no moverse y yo hago lo mismo. Realizo imperceptibles movimientos para mantener el placer. Así podemos estar mucho tiempo. Después nos desenfrenamos y corremos como locos hacia lo máximo.

En uno de esos días, mientras nos amábamos, pensamos en un nuevo viaje. Jugando en la ducha me preguntó – ¿Y tú te animas? Y le respondí y ¿Tu? Nos abrazábamos mientras reímos. Los dos dijimos ¿por qué no? Dos días más tarde ya contábamos con nuestros billetes. Viajaríamos a Málaga, de allí abordaríamos uno de los grandes cruceros. Realizamos la travesía por la costa española, hacia Francia. Luego los principales puertos y finalmente a la costa Amalfitana. ¡Todavía no puedo creerlo! Casi un viaje de bodas.

¿Qué por qué no nos casamos?  No, no es posible. No es eso, yo estoy divorciada y él es soltero. Existe un impedimento. Ya lo sabrás.

El día de la partida su familia vino a despedirlo, él dijo que viajaba solo. Yo tuve que esconderme. Fue muy doloroso. Quisiera haberles gritado a todos ¡aquí estoy soy yo! No pude. No iba a lastimarlo. Como te vas dando cuenta, nuestra inmensa felicidad tiene nubarrones. Sufrimos por ello. Es que no podemos decir la verdad. Al menos por ahora. Ya te dije espera y lo sabrás.

No voy a describirte el crucero. Es uno de esos más grande que un edificio. Un palacio de la diversión y del placer. El viaje estaba diseñado para intercambio de parejas. ¡No pongas esa cara!  La decoración de los salones, los juegos, los bailes. Todo era para tener sexo con otras personas. Conocerse y bueno probar.

En uno de aquellos días memorables, cuando gemíamos amándonos, nos hicimos la pregunta. ¡Probar.! Aquí me darás tu opinión. ¿Piensas que, si una pareja se ama hasta el frenesí, como nosotros, puede hacer el amor con otra persona? Y veo que te disgusta. Sin embargo, creíamos que nuestra unión era tan fuerte, que solo sería un juego. Nada nos separaría y así ha sido.

La primera noche, en el barco, compartimos la cena con una hermosa pareja de noruegos y comenzó el show. Una linda morena dirigía los juegos. Yo había tomado unas copas, porque, te aseguro, estaba muy nerviosa. Él se divertía a más no poder, aunque me miraba de reojo y noté cierta preocupación. Pero ya no había vuelta atrás.

Llegó el baile y después nos sentamos todos. La encargada de la animación se acercó al micrófono. A trasluz pude verla. Su breve vestido mostraba su cuerpo perfecto sin ropa interior. Se hizo silencio. Una trompeta emitió un breve solo. Unos ayudantes colocaron una gran tómbola que giraba sin cesar. Cientos de papeles daban vueltas. En el mantel ¡un número se encontraba delante de cada plato y el mío era el 76! La tómbola giraba. Estaba muy nerviosa, no imaginaba cuál sería el premio. Si era lo que pensaba. Habíamos convenido un cambio de parejas, pero una vez, solo un juego. ¿Y si aquello era más, mucho más?

La trompeta sonó otra vez y la tómbola, al fin se detuvo. La anfitriona la abrió. Eligió un número. Sonrió, mientras miraba mesa por mesa. Bajó del estrado con un andar felino, cómplice. Fue a un extremo del salón mirando número por número en las mesas. Y se dirigió a la mía. Lo miré, casi suplicándole ayuda. Su mirada me tranquilizó, como diciéndome ¡disfrútalo! La morocha se situó frente mío, alzó el papel y dijo ¡76! No podía levantarme. Me llevó al estrado. Mi traje rojo brillaba bajo las luces, me sentía hermosa, una diosa, asustada, sí, pero estaba fascinada. La música, los flashes de las fotos, los gritos de los hombres. Se hizo silencio. La presentadora explicó las reglas.

Yo había sido la primera. Hicieron ese sorteo para dar espectacularidad. Todos los presentes, ya tenían su número y el de su compañera o compañero asignado. Mientras me quedaba parada allí comenzó el desfile. Todos fueron llamados. Las parejas se acercaban se tomaban de la mano y salían del salón. Una a una. Fue el turno de mi ángel amado. Cuando estuvo a mi lado la mulata le dijo sonriéndome ¡Tú te vienes conmigo! Veía desfilar a las parejas y justo cuando quedaba un solo hombre se levantó, vino hasta mí, tomó mi mano y salimos hacia su camarote. Giré mi cabeza, El salón estaba vacío.

Supe que se llamaba Ángelo, que era italiano y soltero. Su camarote, mucho más amplio que el nuestro tenía una maravillosa vista al mar. Y allí estaba la Luna, tan sola en la inmensidad del mar. Abrió un champagne. Las burbujas subían a la superficie, doradas, rápidas. Como yo, ávida por liberarme. Todo era un juego, yo amaba a Ariel. Pero la vida son solo momentos. No desperdiciaría el mío.

Puso una música romántica. Me habló de su ciudad. Todo él destilaba la Italia de la costa Amalfitana. Me encantaba escucharlo, pronunciar cada palabra. Me susurraba al oído, besándome. Luego bajaba por mi cuello. Sin desvestirme, deslizaba sus manos por mis pechos. Cada caricia, cada roce me producía cálidos temblores. Dejé de pensar. Le exigí ¡desnúdame! Y lo hizo con una ternura inmensa. La última ropa interior se la quité yo. Quedé absorta ante la magnificencia de su sexo. Lo acaricié y besé con pasión, con urgencia.

– ¡Despacio, disfrutemos lentamente! Dijo. No me penetró enseguida. Jugó con mi sexo. Acariciándome en el lugar justo. Hacía pequeños círculos, rápido primero y luego lentamente. Cuando yo estaba por llegar al clímax, se detenía, me abrazaba y besaba. Muchas veces le pedí ¡Hazlo, hazlo por favor, no me dejes así!, él sonreía. -Ya llegará. Decía. No quería que esa noche terminara. Pasaban las horas y seguía jugando conmigo. Le dije que no podía más, entonces llevó su boca entre mis piernas y miles de fuegos, luces, estrellas, explotaron en mi cuerpo. Me dejó descansar unos minutos, me sirvió una copa de champagne y me poseyó.

Lo cuento y no lo vas a creer. Había comenzado a salir el sol, el seguía con su miembro firme. La última vez lo quiso todo, me lo pidió al oído y se lo di. ¿Cómo no hacerlo? Nos bañamos juntos. Me enjabonaba con delicadeza. Le dije – ¿Volveremos a vernos? Me dijo que no, que el juego había concluido. Y que había sido lo máximo que había vivido. Me besó apasionadamente por última vez.

No regresé a mi camarote. Con el vestido de la noche fui a desayunar, estaba hambrienta. Mi amor ya estaba en el salón, risueño, feliz. Nos abrazamos y le susurre te sigo amando más, mucho más. ¿Cómo te fue? Sonrió, miró a la conductora y dijo ¡Ya sabes cómo son las mulatas! No me preguntó nada. ¿Qué podría haberle dicho?

A pesar del tesoro que la vida me ha dado, de éste maravilloso amor, cada tanto regresan los recuerdos de Ariel. ¡Cómo no acordarme! Pero nada dura para siempre. ¡Cómo no pensar en los momentos que ya nunca volverán! Si pudiese regresar en el tiempo miraría hasta el hartazgo, un simple anochecer. Sus dos brazos firmes. Su voz acariciándome. Una cena en un jardín. Las primeras estrellas de una noche magnífica. Un viaje en tren, cuando cruzamos el norte de Europa. Un café en aquella plaza de Verona. Cosas así únicas e irrepetibles.

Me pregunto qué es la vida. Cuando llegue la última hora ¿acaso todos esos momentos serán nada? Recuerdo una canción, que Ariel tocó una vez en su guitarra. Es como si la memoria quisiera anclarnos en esos momentos mágicos. ¿Hay que olvidar? ¿Irse para siempre? ¿acaso la melancolía no encierra los segundos más emocionantes vividos? Un instante puede ser más profundo que el más hondo abismo. También más oscuro, pero allí está, esperándonos. ¿Sabes algo? No tengo hoy tristeza. Ariel se fue. Se cerró una puerta y se abrió otra a una vida aún más maravillosa.

Hoy me estoy abriendo, te lo contaré todo. Debes saberlo. Cuando perdí a Ariel, caí en un abismo, Quise la noche eterna y tú llegaste.  Nunca voy a poder agradecerte el cuidado y la ayuda inmensa que me brindaste en mi depresión.

Espera, ya te contaré. Tengo que agradecerte una y mil veces lo que has hecho y cómo salvaste una vida. Hay algo que no sabes. Debo decírtelo. Aquella noche, en lo más profundo de mi depresión, miré por la ventana. El vidrio, mojado por la lluvia, distorsionaba la esquina, húmeda y lejana. Alguien cruzó por la esquina. Las ventanas iluminadas guardaban a personas con sus sueños. Imaginé cuantos estarían amándose. Indiferentes a la noche, a la lluvia, a las calles vacías. Cuántas vivían sus vidas simples, pero luminosas. Mañana tendrían otro día y luego otro. Juntos, acompañándose. Regresarían a sus afectos a dos a la tibieza del hogar.

La lluvia se había incrementado. La calle, bajo una cortina de agua, estaba inexorablemente sola. Comencé a llorar. Las lágrimas resbalaban en silencio por mi cara. Un dolor extraño y profundo me oprimía el pecho. Habían transcurrido tres años desde que Andrés se había ido.

 Me senté en la cama y recorrí esos últimos años de mi vida. No pude recordar un solo día en que no sufriera. Cada hora, había sido igual. Ariel lo había sido todo. Abrí el cajón del armario y tomé el arma. Era una salida. El final. La noche para siempre. Sin cielos celestes, ni nubes corriendo tranquilas. Ni la brisa de una playa con un intenso olor a sal. Ni los cafés de París. Ni los paseos por el Sena en las tardes de primavera. Todo se apagaría, cada recuerdo, cada instante. Cada olor, cada sonido, cada música tantas veces disfrutada.

El dolor se hacía más y más fuerte. Mi vida pasaba como en un caleidoscopio cada vez más rápido. Veía nuestra casa, los amigos, un perro que tuvimos, mi madre y mi padre. Le vi a Ariel. Le sentí dentro mío. Cientos de orgasmos, grabados a fuego en mi mente. Cada viaje, cada roce de sus labios. Todo giraba en un torbellino frenético. El arma. Pesaba. Miré absorta el cañón. Un instante, solo uno nada más. Irme. Cerraría los ojos y todo el dolor desparecería.  Puse mi dedo en el gatillo y en ese momento tú llamaste a la puerta. Me viste llorando, temblando deshecha. No viste el arma, la había ocultado. Nunca te lo conté hasta ahora. Te debo la vida, la vida que me esperaba. Cada minuto de ésta inmensa alegría. ¡Cómo no compartirlo contigo querida amiga! ¡No, no llores, abrázame! Y ¡Gracias una y mil veces!

Pude salir, pero la vida del negro pasó a un gris casi perpetuo, hasta hace poco. Ahora el sol brilla en este cielo intensamente azul. De pronto París me abre los brazos y la vida comienza a fluir como un río saltarín y bullicioso. Recorro contenta, saltando de alegría, cada lugar cada plaza, cada puente. Todo es nuevo, claro, limpio. Me deleito en sus cafés. Camino a orillas del Sena, me detengo en cada escaparate de librería. Compro alguna novela y me la devoro en algún banco. La tarde, cuando el sol comienza a caer, es el momento más maravilloso del día, la felicidad plena, inmensa y maravillosa me espera. ¿Te extraña el cambio? Sí, soy otra persona. Nunca más el frío abrazando mi piel.

¡Quiero vivir! Necesito cada minuto para llenar mis pulmones con este aire. ¡Espera ya te contaré! Sí, es un cambio, es una nueva vida. Todo me espera. Es que no se si contártelo. Es que es complicado. ¿Guardarás el secreto? ¡No pongas esa cara! ¡No, no estoy en nada peligroso! Pidamos otro café.

¿Cómo comenzó todo? Un día tuve que salir, a realizar un trámite. Cada paso que daba me costaba horrores. Cuando terminé la gestión, muy cansada entré a un bar y allí, en una mesa estaba él. ¿Puedes creer que fue un golpe? Como si una descarga eléctrica me sacudiera. Me quedé parada mirando su espalda y ese hermoso cabello rubio repleto de rizos. No lo reconocí de inmediato. Tan extraordinario fue el momento que un hombre me preguntó si me pasaba algo.

Fui hasta su mesa, levantó su vista y me dijo ¡Clara, que alegría, como te encuentras! Me senté. Miraba sus ojos inmensos, profundamente azules. El pelo le caía sobre los hombros. Me quedé sin habla. Si antes una sensación maravillosa me había inundado, ahora su voz, su mirada, me dejaron atónita. Me preguntó que me ocurría. Yo estaba muda tratando de decir algo. Se dio cuenta de mi turbación y sonrió. Mientras me decía tranquila, relájate, tomaba mis manos. Temblaba. Un calor se apoderaba de mí. Subía desde mis pies, trepaba por mis piernas, como si fuesen pequeñas mariposas saltarinas. Sonreía, sus dientes brillaban en una sonrisa maravillosa. Sus labios estaban tan cerca. Cerré los ojos y no dije nada. Lo dejé hacer.

Salimos del bar y caminamos por la orilla del Sena. Nos sentamos en un banco. Las lanchas de paseo iban y venían. Le conté todo. Abrí mi alma como nunca lo había hecho. Me desnudé frente a él. Jamás me hubiese animado con otra persona. La tarde dio lugar a una noche esplendida. Las luces se encendieron. Él me contó detalles de su vida, sus padres. En un momento me miró a los ojos y me dijo – ¡Hagámoslo! Y allí, en ese momento apoyó con delicadeza sus labios en los míos. Fue un momento increíble. Una luz tronó en mi mente. Nos abrazamos con temor y luego, con la certeza de la pasión y el amor mutuo nos dejó callados y felices.

El avisó a su casa que no regresaría. Corrimos a mi apartamento. Ambos nos deseábamos más allá de toda razón. Yo ansiaba tenerlo en mis brazos, ser suya, pertenecerle. Darle todo mi cuerpo. Pero quise alargar un poco más el deseo. Cuando llegaría el momento intuía que sería el más hermoso momento de nuestras vidas. Así maravillados, casi sin creerlo fuimos a cenar.

Espera, ya te diré quién es el dios maravilloso que me ha encontrado. Sí, lo conoces. Pero no estoy segura de decírtelo. ¿Por qué no? Temo hacerlo. Pero déjame seguir con el relato de aquel día maravilloso. Tanto tiempo encerrada, al borde de haber acabado con mi vida y ahora, ¡tanta felicidad! A veces temo que todo esto sea solo un sueño. Sí, cuando hablo mis ojos brillan, todo mi cuerpo siente el éxtasis, la alegría suprema. Las ganas de caminar bajo el sol, de disfrutar el verde de las plazas. De andar este París maravilloso. Sí, es verdad estoy exultante, feliz, tan feliz.

Te contaba de la cena. ¿Recuerdas el restaurante italiano donde fuimos una vez? Sí, ese mismo. Nos sentamos en una mesa alejada de la entrada. Un rincón íntimo para los dos. Las luces suavemente tenues nos cobijaban. Una melodía endulzó aún más el momento. Nos envolvía en un torbellino de sensaciones. Nos tomamos de las manos. ¡Cada roce, cada palpitar suyo lo sentía como un tambor que me gritaba! ¡Aquí estoy soy tuyo! Hablamos sobre su vida y la larga noche por la que yo había pasado. El vino brillaba en las copas. Brindamos. Cenamos ensaladas y carne asada. Los dos reíamos. Cerré los ojos y acercó su tenedor a mi boca. Ese bocado fue como si ya estuviese saboreando su cuerpo. Tan intenso fueron esos momentos que estuve a punto de tener un orgasmo. Al fin llegó el postre y nos retiramos con la urgencia del deseo

Caminando hacia mi apartamento, me tomó en sus brazos y me besó. En el momento en que tocó mi boca supe que había vuelto a nacer ¿Sabes que sentí? una necesidad imperiosa de abrazarlo. De sentir sus poderosos brazos sujetándome. Quería, necesitaba acariciar sus rizos rubios, su cara de ángel, sentir su piel fresca. Me miraba sonriendo y se dio cuenta de mi embeleso y de mi urgencia. Las pocas manzanas que restaban para mi apartamento las hicimos callados, él me llevaba fuertemente de la cintura.

Llegamos al portal y subimos a mi piso. Te juro que en ese momento me petrifiqué, no sabía que decir. Él, en un hermoso gesto, me llevó hasta el sofá. Fue hasta el bar, llenó dos copas y encendió el equipo de música. Y me abrazó con la intensidad sublime del primer momento. Comenzó a desabrochar mi blusa.  Cada movimiento de sus manos fue un juego. Yo hice lo mismo con él. Explorándonos, tocándonos, conociéndonos. Sobre mi ropa interior hacía correr sus labios. Extasiada miraba crecía lo que deseaba de él. Finalmente me levantó y me llevó a la habitación. Se quitó su ropa interior y lo pude ver en todo su esplendor. Con ternura me sacó muy despacio mi braguita.

Frotamos nuestros cuerpos. Me miraba viendo, sintiendo mi placer y yo el suyo. Supimos que el futuro sería nuestro. Tomé la iniciativa, acaricié sentí su miembro. Muy, despacio subía y bajaba mi mano. Lo llené de besos. El me atrajo hasta su boca, esperaba, alargaba el momento. Recorrió con su tibia lengua mis pechos y siguió abajo, cada vez más bajo. Llegó entre mis piernas y en un aullido de placer lo sentí, mojándome una y otra vez. Él continuaba y mis gemidos incrementaban a su vez su placer. Ya no pudimos más, quería ser poseída. Estaba dentro de mí, los dos gemíamos, nos mirábamos a los ojos. Yo le pedía ¡dame más, dame más! Abrí mi mano y él puso la suya sobre la mía. Mientras seguíamos gozándonos, en la cima de una montaña, nos dejamos caer. Explotamos ambos en un aullido solo para nosotros.

¿Qué puedo decirte? Quedamos abrazados un largo rato sin pronunciar ni una palabra. Me preguntó cómo me sentía, le dije que rodeada de luz. Abrió un champagne, brindamos. Las burbujas se deshacían en nuestras bocas. Más tarde yo tomé la iniciativa. Le dije ¡vamos! Bajo la ducha nos acariciamos, El agua resbalaba por nuestros cuerpos, aún encendidos. Y allí entró nuevamente en mí. El placer nos envolvió en un frenesí de gritos, besos y caricias. Luego exhaustos, nos dormimos. En la mañana me desperté primero. Lo veía dormir tan tranquilamente. Acaricié su cabello, abrió los ojos y sonriendo me dijo ¡ven! Me subí sobre él y comenzamos esa mañana en el más hermoso abrazo. Jugamos hasta saciarnos. Aquel primer día paseamos por París que brillaba ahora como nunca.

Ha pasado el tiempo y cada día es como el primero, majestuosamente imborrable. Estamos unidos por todo lo que esta felicidad perdure.

¿Quién es? ¿Me prometes no decirlo a nadie? Bien, es Carlo, el hijo de Cris. Sí lo sé es mucho más joven que yo.

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