Historias de Ana

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Tantos años de creer que la vida me sonreía de mil maneras. Lo tuve todo. Tal vez demasiado. Dicen que es más duro caer desde lo alto. No pienso que sea así. ¿Acaso no es maravilloso haber vivido la felicidad, aunque ya no esté? Dicen que haber alcanzado la cúspide de la felicidad, está reservado para pocas mujeres. Y yo estuve en la montaña más alta.

Ahora a mis cuarenta y cinco años, miro para atrás y sonrío. Lo que ya no tengo, lo que ya se ha ido no debo pensarlo como una pérdida. Al contrario, soy feliz, alguien que fui yo estuvo en la cima. Ahora he encaminado mi vida. Todo el largo camino puede, quizás, servirles a otras como yo. No importa cuando hayan conseguido. No interesa si tuvieron mucho o poco. Lo que importa es lo que sigue adelante. El maravilloso futuro de las oportunidades. Solemos creer, equivocadamente, que ante una pérdida la vida ha concluido. Para ellas escribo estas palabras, para compartir y decirles ¡chicas todo está por venir!

El futuro es nuestro, ésta es la mejor edad ¿por qué? Sabemos cómo disfrutar de nuestro cuerpo, cómo elegir las mejores compañías y dejar aquellas que no nos convienen.  Tenemos el poder maravilloso de lanzarnos a la aventura. No debemos tener temores ni siquiera pudor, a nadie le importa. Todavía tenemos muchos años para dirigir la orquesta de nuestras vidas. Ellos o ellas, que pueden darnos todo, están allí. Solo hay que encontrarlos.

Permítanme contarles parte de mi vida. Seguramente muchas de ustedes han pasado por lo mismo. Somos mujeres, es triste la vida si no sabemos despertarla. Abrir nuestros brazos sin esperar quien nos de lo que deseamos, lo que necesitamos. Esperar no es una opción. Corremos el riesgo de quedar sentadas esperando lo que nunca llegará. Yo fui así, en un principio.

Creía que la vida vendría hacía mí, que toda la felicidad desbordaría sin hacer nada. No es así. No debemos ser presas, hay que ser cazadoras. Lo digo en el buen sentido. Y no es que mi vida haya sido siempre un camino de sufrimiento ¡no, para nada! Tuve dos hermosos brazos que me dieron mucho, tanto, tanto que jamás imaginé que se terminaría. Pero hay que estar preparadas.

Pueden pasar dos cosas, una nuestra pareja puede buscar otro nido, de un día para otro, o que la rutina nos canse y miremos otros horizontes. Por ello quiero contarles. Primero les relataré brevemente mi vida anterior. Adrián, mi esposo fue un hombre maravilloso. Nos casamos jóvenes, decidimos no tener hijos. Pensábamos que éramos la pareja perfecta. Casi una historia de cine. No teníamos problemas económicos, claro que eso ayuda y mucho. Aunque el dinero no lo es todo, tuvimos todo el tiempo para los dos. Sin embargo, eso tiene dos caras, al tener tiempo todos los días, estábamos juntos desde la mañana hasta la noche.

A fin de no aburrirnos de nosotros mismos, nos reinventábamos cada mañana. Nunca estábamos saciados de nuestros cuerpos. Cada despertar en que veíamos desde nuestra ventana el mar, nos refugiábamos en nuestros brazos. En esos momentos de sutil felicidad pasábamos dichosos ratos. Demorábamos adrede el maravilloso desayuno. Cuando me despertaba primero lo miraba dormir. Su poderoso pecho subía y bajaba tranquilo, relajado. Luego abría sus inmensos ojos almendra y me miraba.

Sin decir palabra bajaba mi braguita muy lentamente, dejando que lo deseara más. -Cierra los ojos, me decía, le hacía caso e imaginaba sus manos en mi vientre. Recorriéndome, explorándome y deseándome. Tenía hambre, sí, de su sexo, de todo él. Lo demás no importaba, pero nosotros no queríamos esperarnos. Así pasaron dulces años. Fuimos creando fantasías, nos imaginábamos nuevas formas de darnos más y más placer.

Pasábamos horas, él me proponía una idea y yo le agregaba un toque aún más sensual. Entonces preparábamos el lugar. Elegíamos una cabaña, en algún lugar alejado. Otras veces viajábamos a lugares exóticos. Una vez inventamos el más increíble juego. Fijamos un lugar y una fecha. Y nos largamos a la más extraordinaria aventura. Mientras faltaba tiempo para el viaje fantaseábamos, excitándonos más y más. Yo me mojaba tanto desando cumplir el sueño. Él me retaba si yo le pedía que lo hiciésemos antes, que no aguantaría la espera del nuevo juego. Él se enojaba alegremente haciendo crecer el deseo. Yo también lo ponía a prueba.

En el momento menos pensado, lo abrazaba y le tocaba diciéndole ¡ahora, ahora, dámelo! Y él firme se negaba. Claro que igual hacíamos el amor y quedábamos tranquilos, sedados, felices. Nuestros cuerpos agotados y húmedos festejaban cada encuentro. A la mañana siguiente, cuando aún quedaban días para el viaje, volvíamos a hablar de lo que nos esperaba. Y yo otra vez le exigía ¡ahora! Al fin un día las valijas estuvieron listas. Antes de salir me tumbaba en la cama, me dejaba solo unas mínimas braguitas rojas y lo llamaba. Él no podía resistirse. Le decía quiero probar ahora y mañana, cuando lleguemos a nuestro paraíso, comprobar la diferencia.

Recuerdo tantos viajes, pero aquel, el que soñáramos, estuvo especialmente fantástico. Fueron tres largos vuelos. Recorrimos medio mundo. Finalmente llegamos a una isla. El aeropuerto la cruzaba, en su parte norte, a todo su ancho. Terminaba justo antes de tocar el océano. Nos estaban esperando. Un nativo nos condujo hasta el puerto. Aún deberíamos navegar unos cuarenta kilómetros para llegar, a lo que nos habían prometido, sería el más maravilloso paraíso. Recuerdo que estaba en la borda del barco que nos llevaba, él se acercó por detrás mío. Me abrazó. Sentí su erección, me dio vuelta besándome con toda su fuerza. Dijo – ¡ya falta muy poco!

La isla en la que habíamos aterrizado posee uno de los arrecifes más bonitos del mundo. Su mar lo llaman, el Mar de los Siete Colores. Pero no nos quedaríamos allí, iríamos a una más pequeña. A medida que recorríamos las aguas, los colores pasaban de un celeste cielo, un azul profundo, un verde esmeralda, otro azul, blanco. Yo sabía que la diversión también incluiría sumergirnos en esas aguas. Ambos éramos submarinistas, pero primero el placer. Todo lo que habíamos imaginado pasaría.

Al fin arribamos a una pequeña isla. Solo siete kilómetros de largo y apenas tres de ancho. Un cordón montañoso corría a lo largo. Una selva frondosa da lugar a una costa bellísima. Algunas edificaciones se han establecido a lo largo del litoral.

Nos alojamos en un hotel boutique, maravillosamente decorado. Nuestra habitación, muy espaciosa se abría a una gran terraza que miraba al oeste. Desde allí veríamos los anocheceres más hermosos de toda nuestra vida. Una hamaca colgante remataba las comodidades. Nos miramos, mientras disfrutábamos el primer champagne. Es hora, le dije. Él sonriendo me abrazó divertido y dijo aún falta. Visitemos el centro, conozcamos el lugar.

Hacia la parte norte de la isla, enfrente de la costa, dos calles alojan a los nativos y unos cuantos pequeños hoteles. También una decena de bares y pequeños restaurantes. Un puente de cien metros une a esta isla principal con su compañera. Enfrente solo hay una calle que rodea a la costa. Allí hay cabañas de nativos y un bar. El resto de la isla es roca y selva. No hay caminos. El puente se llama el Puente de los Enamorados. Todo es un sueño. Cada rincón, cada palmera, cuida inmóvil la belleza de ese perdido lugar del mundo.

Queríamos almorzar mariscos. Nos sentamos en un bar mirando la inmensidad del mar absolutamente azul. A lo lejos una sola nube parecía señalarnos el lejano continente. Pocos turistas ocupaban las mesas. Disfrutamos los jugosos mariscos. Caminábamos por la playa, llegamos a un lugar solitario. Nos sacamos los bañadores. Yo quedé, al resguardo de la foresta, recostada sobre una palmera. Allí plena y absolutamente libre, lejos del mundo le dije a Ariel ¡ámame, ahora! ¡Dame aquí lo que tanto deseamos! Él llegó a mi boca y bajó hasta mi vientre ávido. – ¡Aún no, aún no! dijo y me acarició hasta el éxtasis.

Al regresar hacia la cabaña encontramos una tienda de buceo. Hablamos con su dueño. Un nórdico, radicado desde hacía años. Hicimos el plan para sumergirnos esa misma tarde. Nelson, así se llamaba el instructor, comenzó a cargar las botellas de aire en una lancha. Ariel me susurró al oído, – ¿te gusta no? Le miré sonriendo – ¡Sí! ¿estás celoso? Me dijo -No, no lo estoy, excítate, estamos cada vez más cerca de hacer lo que tanto deseamos.

Poco después, en una explosión de burbujas, estuvimos en la más maravillosa pecera del mundo. Así, sin gravedad, flotando a media agua, frente a nuestros ojos, llenos de un asombro inmenso, desfilaron peces loro, peces payaso infinidad de otros de cientos de colores. La marea mecía las gorgonas. Conté varios tipos de corales, los amarillos oreja de elefante, los cerebros y otros. Un enorme pulpo huyó al vernos. Finalmente, cuando nuestro aire entró en reserva, subimos.

Sí, recuerdo tanta alegría, tanta felicidad y tanta paz. No odio a Ariel ¿cómo hacerlo? Me dio maravillosos momentos.

Caminábamos lentamente tomados de la mano. La arena, intensamente blanca, dejaba que nuestros pies descalzos sintieran la majestuosidad de la libertad. Le dije – Ariel vamos urgente a la cabaña, lo quiero ahora, ahora, lo quiero todo, lo que nos prometimos. Él, con una ternura infinita me llevó dentro de la foresta. Nos acostamos en la arena. Me quitó el vestido y comenzó a acariciarme los pezones, muy suavemente, haciendo pequeños círculos, hasta ponerlos turgentes. Le miré en la urgencia del deseo. Quería, deseaba que nuestro juego se hiciese realidad. Comenzó a acariciarme entre mis piernas. Yo temblaba, quería y deseaba. Apenas introdujo uno de sus dedos exploté en un grito. -Quiero que lo hagas, le supliqué. -Esta noche, cuando la luna asome por el horizonte, lo haremos. Dijo. Jugaba conmigo. Lo que me hacía desearlo más y más. Nos dormimos allí mismo, abrazados, piel con piel, húmedos de amor. El último recuerdo antes de dormirme fueron sus palabras “lo haremos esta noche los dos juntos” imaginé a la luna inmensa, dorada, solitaria y maravillosa, asomándose. Llenando de luz ese remoto rincón del mundo.

Nos despertamos con las primeras estrellas. Bailaban indecisas sobre el agua inmóvil. Nos bañamos en el mar. Cuando ya estábamos vestidos la vi y grité – ¡la Luna! Apenas un resplandor amarillo nos anunció su nacimiento. Extasiados nos sentamos en la arena, en silencio. Él me abrazaba tiernamente. Mientras un camino de luz llegaba hasta nosotros. Yo estaba turbada y él también ¡-se acerca el momento! dijo.

Finalmente, inmensa trepó y nos regaló a solo nosotros, su belleza. Nosotros amantes, deseosos de nuestros cuerpos. Mientras caminábamos hacia nuestra cabaña imaginé, que cada punto blanco en el cielo de ese paraíso, quizás ya no existiese y solo su luz fuese para nuestros ojos. Acaso miles de mundos muertos, olvidados por toda la eternidad, nos regalaron ese último vestigio de su existencia. Para nosotros, dos personas enamoradas a miles de siglos en su futuro. ¿Qué más podíamos pedir? Nada.

Pero supe que toda esa felicidad sería efímera. Un soplo en el tiempo. Y justamente eso la engrandece. Amplía el placer a límites jamás soñados. Sí, en lo profundo de mi ser supe que se acabaría, aunque, en ese momento, nada hacía entrever el ocaso y el dolor. No me importaba. Deseaba llegar a la cabaña, entregarme a sus brazos y exigirle lo que nos habíamos prometido.

Por un pequeño y oscuro sendero de palmeras llegamos al fin. Él me alzó en los brazos y me depositó en la cama, mullida y fresca. Una suave brisa envolvía la habitación. Prendió varias velas, una lenta y dulce melodía nos encaminó al momento más deseado. Se desvistió primero. Su cuerpo, bronceado, como un héroe griego me miraba. Estaba excitado. Su sexo extraordinario me decía ¡ahora! Y al fin, después de tanto desearlo, allí estábamos. Cerré los ojos me dejé ir. Fue el momento más mágico de mi vida. No diré cuántas veces llegué al clímax. Fue el mejor juego de todos.

Un día regresamos del paraíso. Pero ahora, estoy en otra vida. Y ha ocurrido algo, el cambio ha llegado. Cuarenta y cinco años. Un momento muy especial para una mujer. Cerrar un ciclo y abrirse a una experiencia totalmente distinta. Quizás eso es la vida. La secuencia de vivencias. Un álbum de fotos que al final pasaremos, ojalá que no con dolor, sino con agradecimiento. ¿Cómo contarles?  Sí, fue una noche extraordinaria. Ya les conté que en mi vida he disfrutado intensamente del sexo. Sobre todo, entre mis dieciocho y mis cuarenta y cinco años, pero allí todo cambió. La vida en un abrir y cerrar de ojos se oscureció. Mi compañero de “toda la vida” Ariel, un día sin previo aviso, sin mirarme dijo simplemente – “Ana he conocido a alguien” No supe que decirle. No podía asimilar la magnitud de aquellas terribles palabras. Y así, sin más se fue de mi vida.

Llegó el dolor, una puntada certera en el pecho. Un ahogo. Pasaron los días y en mi soledad llegó la urgencia. Todo el placer que me llenara la vida se esfumó. Él había sido un amante maravilloso, debo reconocerlo, aunque me haya deshecho, como lo hizo. Recuerdo, a pesar de todo, sus abrazos. La ternura exquisita para desvestirme. El roce de sus manos sobre mis pezones. Su boca recorriendo la mía y luego bajando y bajando, húmeda, tibia, deseándome, hasta llegar a mi vientre. Casi cada día nos amábamos apasionadamente. Vivíamos deseándonos. Esperábamos ansiosos el momento de nuestra hermosa intimidad. Nunca estábamos cansados. Siempre hambrientos de nuestros cuerpos.

En los largos inviernos, cuando los días se hacían fríos y grises, nos amábamos con toda la fuerza de la pasión. Felices luego buscábamos algún pequeño y cálido bar. Tomábamos nuestras manos y riendo, casi a la vez nos decíamos “tengo ganas, te deseo” y reíamos. Fueron tiempos maravillosos.

El último viaje lo hicimos a los Alpes. Alquilamos una cabaña sobre una ladera. Abajo, a unos cincuenta metros, se encontraba la Recepción, una sala de reuniones y el comedor.

En el hogar chisporroteaban los leños. Afuera había comenzado a nevar. Nos habían traído la cena. Dejamos el vino esperando. La inmensa cama, cubierta por una piel blanca recibió a nuestros cuerpos ávidos. Y allí en el más sublime de los momentos de mi vida, no ahogué mis gemidos. Los dejé escapar, una y otra vez. Mientras él jugaba con mi cuerpo. Sentía sus poderosos brazos, su boca, su sexo, y el roce de mi cuerpo sobre el cobertor. Todo explotó aquella tarde. La noche blanca llegaba en furiosos copos. A lo lejos se podían distinguir las siluetas de los pinos. Cenamos en silencio mirándonos. En la última copa de champagne Ariel sonrió, puso música y nuevamente nos deshicimos de amor.

No puedo evitar que los recuerdos lleguen, aunque ahora soy extraordinariamente feliz. Imposible borrar ese tiempo. Así como el poema veinte, de Neruda, recordando un amor imborrable dice “puedo escribir los versos más tristes esta noche” y lo finaliza “pero éstos son los últimos versos y éste el último dolor que ella me causa”, así viene, por última vez a mi memoria, su recuerdo y me quedaré en ese tiempo tan extraordinariamente feliz. 

Pasaron muchos meses de ausencias y días grises.

Busqué otras manos, otras bocas otras caricias, otros ojos. Nada funcionaba, estaba perdida, sola. Durante días y después semanas me pregunté qué me había sucedido ¿acaso ya no impactaba a los hombres? Un día acepté que había llegado al final. Nunca más la excitación previa, los juegos, la explosión de fuegos artificiales. El vacío se había apoderado totalmente de mí.

Mis amigas trataron una y otra vez de sacarme del pozo. Me arreglaba como siempre, entonces frente a hermosos muchachos, siempre más jóvenes, sonreía, mostraba todo mi potencial, lo que siempre había hecho y nada sucedía. Fueron muchas veces, demasiados intentos y me dejé vencer. Una noche decidí que el sexo ya no era para mí.  Así paso exactamente un año.

A Elena hacía años que no la veía. Nos cruzamos en una esquina y quedamos petrificadas. El café vino enseguida y una larga charla. Con ella fantaseamos al principio y probado después. Nos gustó. Así compartimos un largo año. En aquel entonces ella tenía a su marido y yo estaba sola. La vida nos somete a retos. Ahora estábamos mirándonos, no podía creerlo. Había regresado y arrendado un hermoso apartamento, muy cerca del mío Con lágrimas en los ojos le conté mi vida, insulsa, apagada, sin brillo. No intentó convencerme ni darme esperanzas. Me exigió que esa noche la acompañara. En una residencia un grupo de holandeses se reuniría, gente muy especial – Me dijo.

No pude negarme o no quise. La vida es así, momentos, oportunidades, caminos que se cruzan, trenes que esperan que los tomemos. Nada tenía que perder y fui. A las diez de la noche, con el vestido más sexi que tenía, entraba en la gran residencia. Una inmensa sala nos recibió. Fui presentada a varios de los presentes, con nombres impronunciables. Hablaban su idioma ¡no iba a poder pronunciar palabra! Nos sentamos alrededor de una gran mesa. Trajeron licores. La música suave era tecleada, desde el fondo del salón, en un gran piano. Las luces tenues, apenas permitían observar los detalles. El vino, con un dejo lejano a madera, me encendió lentamente el alma. Todo estaba bien.

Mi amiga me dijo al oído -Déjate llevar. Momentos después un joven con una larga cabellera rubia recorrió la mesa. Delante de cada uno dejó una carta. Nadie la miró, todos esperaban. Cesó la música y las luces bajaron aún más su intensidad, entonces otro hombre surgió de una puerta frente a nosotros. Dijo algo que no comprendí. ¡Mi amiga exclamó – ¡Mira tú carta! Todos dieron vuelta su baraja, yo fui la última ¡era un as de diamantes! El as fue un resorte. Todos se levantaron a felicitarme. Sirvieron otra copa de vino y brindaron. El que había repartido las cartas se acercó a mí y me tomó de la mano

– ¡Déjate llevar! ¡Qué suerte tienes! Todo daba vueltas a mi alrededor. Sin darme cuenta estaba en una habitación. La gran cama estaba cubierta con una colcha blanca que imitaba a una piel enorme. Las paredes mostraban un color rojizo que bañaba en distintas intensidades, iluminadas desde los bordes. Estaba mareada. Entonces una música cadenciosa dio el toque perfecto. De una puerta lateral surgió una muchacha con una máscara. Un leve velo blanco cubría su cuerpo. Algo dijo, pero no la entendí. Cubrió mis ojos con una venda y me desabrochó- Mi vestido que cayó a mis pies. Tomó mi mano y me recostó en la gran cama.

Estaba desnuda. Mi piel saboreaba la tibieza suave del cobertor. Toda la cama comenzó un masaje increíblemente tierno. ¡Estaba tan excitada! No tuve temor. Mi cuerpo despertaba nuevamente. No imaginaba que podría pasarme y esa duda incrementaba más y más mi deseo. Toda mi piel relajada esperaba, deseaba el placer. Sin escuchar ni un paso, unas manos tomaron primero un mano y luego la otra. Unos suaves retenes, a cada lado retuvieron sin presión, a mis brazos. Mi corazón latía. Mi cuerpo, recorrido por una corriente, gritaba el deseo.

Pasaron unos minutos expectantes, esperando. De pronto dos manos se posaron más arriba de mis muslos. Mis piernas se separaron. La piel del cobertor producía una caricia continua. Seguía vendada. Me aferraba a los dos suaves cabos que me retenían. Esa sensación de ser prisionera incrementaba mi lujuria. ¿Quién estaba allí abajo, tan cerca, hombre o mujer? ¡No me importaba! Me deslizaba como en un bravo río mientras la música antes tierna, incrementó su ritmo. Unos tambores lejanos mantenían su fuerza. Lejanas imágenes de selvas vírgenes y coloridos pájaros multicolores daban lugar a playas de arenas nunca pisadas.

Mis manos apretaban las cuerdas que me sujetaban. Un perfume de bosques en la noche explotó en mi cerebro. Todo no dejaba de girar. En el momento justo en que sentí la humedad correr por mis nalgas temblorosas, lo sentí. Muy tiernamente, con delicadeza, quien estaba allí apoyó un pequeño objeto que rodeó mi clítoris. Comenzó la succión en oleadas, primero breves, más rápidas después. De mi garganta surgían breves gritos de placer. Mientras esas manos maravillosas manejaban el pequeño aparato yo gritaba cada vez más. Temblaba. Cientos de luces recorrían mi cerebro encendido, brillando poderosamente.

Montada en la inmensa corriente de placer un golpe sacudió todo mi ser. Llegó como una luz cegadora, grité como nunca el orgasmo. Lejos de relajarme pedí otro. Quise más, mucho más. Entonces unos labios cálidos se posaron en mi sexo. Sorbieron con deleite mi clítoris, una y otra vez y otra. Con una delicadeza extrema, sus dientes rozaban subiendo y bajando. Las explosiones de placer se sucedieron en un tiempo imposible de medir. Empapada de placer había perdido la noción del tiempo. Rendida, aún desnuda, quedé largo rato inmóvil. No tenía la venda y mis brazos estaban a lo largo de mi cuerpo. La música se fue haciendo lejana. Una puerta abierta invitaba a la ducha que corría generosa. Detrás de la mampara alguien me esperaba, y allí ante mi asombro Elena, desnuda, bajo el agua, me abrazó besándome con la más excitante ternura- ¡Había sido ella!

No dijo nada. La besé no con pasión, como en otras épocas, con un agradecimiento infinito. Mi cuerpo había despertado del largo letargo.  La vida me esperaba ahora. Ha pasado tiempo desde aquel maravilloso día. Desperté entonces, libre, feliz y poderosamente sensual. Y no es solo sexo, cuando ocurre. Existen otros placeres, el de buscar. Soy una cazadora, hábilmente entrenada. Yo elijo a la presa que una noche o muchas me llevará a las alturas de las sensaciones. Así es la vida, si un camino se cierra otros se abren a nuestros pies. Ha sido un gran aprendizaje, nada es para siempre.

¿Y la pareja? Con Elena logramos una simbiosis perfecta. Vivimos juntas, pero a su vez nos permitimos, cada tanto un soplo de libertad para cada una.

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