Encarnación y sus amantes

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Cuando te sientes comprendida, cuando te sientes escuchada, cuando sientes que puedes ser tú misma, puedes sorprenderte de lo que descubres. Tus gustos, tus deseos, tus aventuras, pueden llevarte a caminos de lo desconocido.

Lo prohibido resulta tan seductor que te atrae con una fuerza magnética hacia lugares que no creías posibles, como si una fuerza salvaje y antigua se despertase en tu interior; como si la naturaleza acudiera a arrasar con todo lo que se encuentra en tu camino en forma de un poder tan grande que lo único que deseas es liberarlo. Hay un momento en que ya no hay vuelta atrás. Esa poderosa fuerza, sexual y primitiva despierta en ti una pulsión tal que cuyas consecuencias no sabes a donde te llevarán, pero si sabes que es el comienzo de una nueva vida.

Soy psicóloga, desde hace veinte años. La historia que relataré corresponde a dos de mis pacientes. Es obvio que sus nombres no son los reales. Pero eso poco importa.

Los nombraré como Encarnación y Miguel y los amantes de ella. Quizás sea demasiado llamarlos amantes. Encarnación tenía solo uno, Miguel, su marido. Pero claro la historia no termina con él. Ella lo describe, como la luz en sus ojos, un hombre adorable. A diferencia de otros hombres, es muy abierto en todos los sentidos. Esta es quizás la causa de esta historia.

¿Cómo empezó todo? ¿Cómo cambió la vida de ambos y la mía? Ocurrió durante unos románticos días en que ella y su marido pasaron unas cortas vacaciones, en una cabaña junto a un pequeño lago. Habían llegado a un momento de sus vidas en que necesitaban un cambio. La pareja requería algo más. En esos días memorables hablarían de ello. Así se lo habían propuesto.

Viajaron a un valle remoto en los Alpes. Alquilaron una hermosa cabaña. Todas las comidas eran traídas desde la recepción del complejo. No se moverían de la cabaña, salvo para hacer algunos paseos cercanos. Necesitaban la intimidad absoluta. Esos días serían cruciales para lo que ambos deseaban.

Llegaron una tarde cuando el breve sol se había ocultado detrás de las montañas. Los copos de nieve flotaban casi sin querer tocar el suelo. Había comenzado el invierno. Las montañas empapadas de bosques, lucían blancas en la lejanía. El cielo azul se había borrado lentamente, mientras las primeras estrellas indecisas se asomaban en el silencio del atardecer

El fuego crepitaba en el hogar. Una música romántica se escuchaba. se acostaron en la gran cama que los cobijó, abrazados, tranquilos, excitados felices, solos.

En la primera noche se amaron con una pasión desenfrenada y tierna. Luego se sentaron frente al gran ventanal. La Luna apareció pequeña sobre las montañas. Estaban abrazados, felices en silencio. Ella abrió sus ojos y sonriendo le dijo ¿en serio quieres que lo hagamos? ¿Lo probaremos? El, apretando sus manos en sus caderas, le regaló una sonrisa cómplice.

En la siguiente mañana, luego del desayuno ella le dijo a su amor ¡Esta mañana practiquemos un juego! – ¡Cuéntame!  -Tú no me conoces. Imaginemos que es la primera vez que vamos a estar juntos. Nos vendaremos los ojos, así llevaremos nuestra imaginación a donde cada uno queramos. – ¿Y tú dónde quieres ir? Encarnación riendo le contestó imaginémoslo cada uno sin decírnoslo.

Digamos que su idea fue fantástica y como dice el dicho, se desea aquello que no se tiene. Y El erotismo es la provocación del deseo sensual por medio de la imaginación, la fantasía y la estimulación sensorial y eso hicieron.

El erotismo es un rasgo característico de los seres humanos por excelencia pues, a diferencia de otros animales, las personas se aparean por placer y no solo con fines reproductivos. Por ende, el erotismo es independiente del instinto de reproducción.

Se vendaron y así, piel con piel, cada uno tomó el cuerpo del otro. Volaron muy alto. Ella, mientras daba y recibía descargas eléctricas que encendían su cuerpo, sentía como era penetrada. Pero no era su esposo. Se encontraba ahora en algún lugar en que nunca había estado.

Su mente había volaba muy lejos. Caminaba por un sendero que transitaba un frondoso bosque. A la vera del camino un arroyo corría entre piedras, produciendo una música exquisita.

Sintió una boca en sus pechos. El placer surgía a oleadas. Estaba acostada sobre la gramilla. Un sueño hermoso surgía en su mente encendida por mil sensaciones. Un muchacho la poseía. Deslizaba su boca por su piel ardiente. Los movimientos de su cuerpo la empujaban subiendo y subiendo. Temblaba. Se abrazaba al nuevo cuerpo. Y finalmente explotó en un grito. En un frenesí maravilloso. Antes de quitarse la venda vio hacia arriba de la foresta. Los altos pinos dejaban ver retazos de un cielo profundamente azul.

Había regresado a la cabaña, a su esposo. Él la miraba entusiasmado. – ¡Ha sido hermoso! fuimos muy lejos. Le dijo.

Encarnación quiso saber. Él se encontraba en África, en una aldea. Las chozas, con sus techos de paja, invitaban a su fresco interior. Entró. El día, furiosamente caluroso, dio lugar a una estancia fresca. Habían colocado un colchón de hojas. Una hermosa mulata lo esperaba. Se arrodillo sonriéndole. Él comenzaba a sentir el placer que su esposa le brindaba, pero no era ella en esos momentos.

La mujer de color se había subido sobre él. Se movía con deslizamientos suaves y profundos. Reía mientras pronunciaba palabras en un idioma desconocido. Luego cambió de posición, se arrodilló para que la poseyera de esa manera. La chica gritaba en oleadas de placer. El volvió a subirse sobre ella. Sus ojos rojos le causaban una excitación y un asombro único. Jamás había hecho el amor con una mujer de color.

Cuando los últimos gritos cesaron. Salió de la cabaña. El fuego del día lo cegó. El juego había concluido.

Abrió sus ojos. Encarnación sonriendo lo miraba divertida. Le preguntó ¿A dónde había ido? ¡A África! y ¿Tú? -Estuve con un amigo tuyo, pero no te diré quién ha sido. Ambos abrazados, felices, rieron. Habían descubierto la manera de dar un sentido más amplio a sus vidas.

No todos saben que el pudor viene del temor. La tradición dice que Adán cuando descubrió su desnudez, se escondió atemorizado. Sin embargo, se desea lo que no se ve. Por eso es más excitante alguien vestido. Los sueños de Encarnación, lejos de ser un simple juego de algunos momentos, fueron mucho más. Necesitaban liberar la fantasía. Hacerla volar. No ser ellos y no les fue difícil. Pero fue Encarnación quien disfrutó más intensamente cada momento inventado.

Así surgió la excitante idea de intercambiar parejas ¡entre ellos! Supieron que en nada cambiaría su amor. Que jamás se perdería el intentar un juego de ese calibre. Solo necesitaban cambiar del lugar. En un viaje, en algún hotel y dejar volar sus deseos. Sin embargo, el juego llegó mucho más lejos.

Cuando hablaron del juego, él le dijo -Sí, ¡hagámoslo!, nos disfrutaremos aún más que ahora. Quiero que goces mucho, me imagino a otro hombre u otra mujer brindándote sus manos, su boca, su sexo, todo para ti. Me excita enormemente, el solo pensarlo. Ella le dijo -Y tu estarás en otros brazos, le harás todo lo que me haces a mí. Y luego, nos contaremos con detalles la experiencia de cada uno ¿te parece bien? -Maravillosamente bien ¡con todos los detalles!

Y llegó otro juego. ¡un amante para Encarnación! Esta vez decidieron no hacer el amor. Dejaron una tenue luz y música muy apenas audible. Se acostaron uno al lado del otro, desnudos. El juego consistía en mirarse, luego cada uno vendaría al otro. Así, en la oscuridad pasarían sus manos sobre sus pieles, acariciándose, sin tocarse los genitales. Luego dejaron de sentir el cuerpo del otro. Cada uno se procuraba su propio placer, pero no eran ellos. El juego había comenzado.

La imaginación los había llevado a un mismo lugar. Así lo habían pactado. Se imaginaron que asistían a una fiesta privada. Cada cual la imaginó de una forma diferente. ¿Encarnación le dijo al oído a su esposo -estoy un poco nerviosa pero excitada y tú? Él le respondió

-Yo también lo estoy por dos motivos, por lo que viviré y también por pensar cómo tú gozarás. Así comenzó aquella extraordinaria noche

Estaban en su cama, juntos sin tocarse. Pero ambos no se encontraban allí. Habían entrado a una gran sala.  Se sentaron en unos sillones. Algunas parejas entraban por un gran pasillo que conducía a las habitaciones. Ambos permanecieron en silencio esperado. Quien se acercara diría algunas palabras a la dama, ésta podría aceptarlo o no.

Un muchacho, joven caminó directo hacia ellos. El pulso se le aceleraba. Le dijo algo al oído a Encarnación. Ella miró a su esposo, mientras se levantaba. Tomó la mano a su nueva pareja. Mientras atravesaban el salón muchas sensaciones pasaron por la mente de Encarnación. Sentía la mano firme pero suave del muchacho. De reojo observaba sus facciones. Su cabellera llegaba casi a los hombros. Vestía una chaqueta gris, con sus mangas recogidas.

El juego continuaba. Ambos seguían vendados acariciándose solos. Ella a punto de entregarse a otro hombre y él esperando su turno.

Encarnación y el muchacho ingresaron a una perfumada habitación. Bajaron las luces. La gran cama los esperaba. Él la desvistió muy lentamente mientras la besaba suave y profundamente.

 El vestido cayó como un telón, descubriendo su cuerpo perfecto. La recostó. Aflojó el sostén y esperó. Conocía a fondo la excitación de la espera. Iba paso a paso, jugando, disfrutando. Ella se dejó llevar, pero no estaba pasiva. Debía ofrecerle toda la dicha que fuese capaz, así acarició y besó cada centímetro de ese cuerpo joven. Él daba en esos sublimes momentos, pequeños suspiros de un profundo placer. Le pidió que se acostara boca abajo. Ella lo hizo. Temblaba con cada roce. Cada músculo se relajaba y se contraía en dulces espasmos. Y llegó al clímax.

Pasaron unos minutos y ella siguió acariciándose. En su sueño se dio vuelta. Él jugó con su boca, fue bajando hasta llegar a la profundidad de su sexo. Mojaba y absorbía. Y otra vez llegó al orgasmo, fue su turno.

Ella besó con una pasión desenfrenada el sexo en tensión de su amante. Lo quería todo para sí. Sintió la tibieza firme dentro de ella. Ambos se mecían. Subían y bajaban. Finalmente llegó con la fuerza de un huracán al suyo, en el momento en que Encarnación disfrutaba otro.

Sintió, vio luces en sus ojos. Una catarata de emociones la envolvió como una nube extraordinaria de luciérnagas. Abrió los ojos. Él la miraba y besaba su piel. No se dijeron nada. Simplemente felices. Una vez más, Encarnación se montó sobre el muchacho. Corría en el placer como si estuviese siendo arrastrada por un rio impetuoso.

Así llegaron al final del juego. Ahora estaba junto a su esposo. Se quedaron unos largos minutos abrazados. Luego se bañaron repletos de espuma y felices.

Miguel tuvo su aventura imaginaria. Nada se dijeron, solo sonrisas cómplices. Así tuvo que ser. Habían llegado a una nueva y más profunda etapa. Quizás ahora les esperaría mucha más dicha. La pareja se seguirá amando, habían llegado a un nivel de libertad que había ampliado sus horizontes.

Así transcurrieron meses. Siguieron asistiendo a las consultas psicológicas regularmente. Siempre los atendía juntos. Contaban sus “aventuras”. Yo les decía complacida que se estaban abriendo a una experiencia erótica muy singular. Decidí utilizar todo ese conocimiento para tratar a otros pacientes que tenían serios problemas sexuales. Comprendía el poder maravilloso de la mente y de la imaginación y hasta qué punto se podría ampliar el erotismo.

Un mes después de su última visita juntos, Encarnación vino sola. Era realmente extraño. Le pregunté si pasaba algo. Y sí se había producido un nuevo “viaje” que lo cambiaría todo.

Ella contó que habían disfrutado intensamente del último juego. Pero Encarnación le había mentido a su esposo. Inventó otra historia. Habían acordado que no hubiese penetración. Mientras se amaban nuevamente vendados, ella gozaba la boca de Miguel. Con suaves roces de su lengua acariciándole el sexo con una perfección única. Ella producía cortos suspiros. Se incrementaban en gritos breves de extremo placer.

Encarnación se encontraba sobre el cuerpo de una mujer. Se frotaban los sexos. Luego dejaban que sus bocas explotaban en aullidos de sensaciones indescriptibles. Encarnación me dijo -No tengo palabras para describirte lo que esa noche sentí. Le dije -Tu esposo es un ser maravilloso. -No fue él. Estaba con otra persona. Bueno, sí fue Miguel, pero en mi mente no fue él quien me llevó a casi hacer explotar cada célula de mi cuerpo. El más profundo y maravilloso de los placeres.

Le pregunté a quien había inventado para producir una agitación tan grande. Me miró y noté un cierto embarazo en su mirada. Hizo silencio. Volví a preguntarle. Me miraba casi perdida. Fijaba sus ojos en mis piernas. Ese día, como tantos otros yo llevaba una corta falda amarilla. La camisa, hacía calor, la había desabrochado. Mis pechos forzaban un poco el primer botón. Y entonces, en silencio, Encarnación comenzó a llorar.

Como psicóloga sabía muy bien que algún profundo problema se había gestado. Toda la felicidad expresada hasta ese momento se desvanecía. Seguía llorando ahora con espasmos. Me levanté, fui hasta ella y la abracé.

Le dije que me dijera, que abriera su corazón completamente. Alzó sus hermosos ojos color almendras. Me miró, mientras el rímel era arrastrado por las lágrimas. Con delicadeza sequé sus ojos. Al acercarme sentí su mirada como nunca la había sentido. Me perturbaba, pero a la vez me despertaba una extraña sensación.

Estábamos muy cerca. Volvió a llorar y recostó su cara entre mis pechos. Las sentía correr y resbalar, tibias, muy tibias. Seguíamos abrazadas. Nos separamos solo un poco, entonces en un extraordinario instante me miró fijo a los ojos y dijo – ¿Acaso no sabes con quien hice el amor? -Con tu marido le dije. Esbozó una sonrisa dulce y tan triste, profundamente conmovedora. Y pronunció las palabras maravillosas, en forma casi inaudible -Contigo. Se levantó y sin decir una palabra se retiró.

Quedé muy conmovida. Debía aclarar la situación. Soy una profesional y mis pacientes deben ser lo primero para mí. ¿Qué había hecho? ¿Acaso yo tenía la culpa de lo que le pasaba a Encarnación? Hasta esa sesión todo había sido maravilloso. Me sentía plena que dos de mis pacientes hubiesen encontrado el camino a su felicidad sexual. Durante mi carrera he atendido infinidad de parejas. Heterosexuales, hombres homosexuales, lesbianas. Pero nunca yo fui parte de sus problemas, debía ayudarlos a resolverlos. ¿Y ahora?

Me miré al espejo. Me devolvió la imagen de una mujer, en la plenitud de su vida. A mis treinta y cinco años poseo una hermosa figura, muy cuidada. Mido un metro ochenta. Dice mi pareja que mis piernas perfectas llegan hasta el cielo. Es cierto que me gusta provocar un poco, por ello mis faldas son breves. Se perfectamente que los hombres imaginan lo que habrá solo un poco más arriba. Es un juego que me satisface hacer.

Antes de levantarse e irse Encarnación acarició mi cabello lacio y rubio. Lo hizo en un gesto de ternura como nunca había sentido. Sus lágrimas me conmovieron, sacándome de mi profesionalidad. Un cosquilleo en mi vientre subió en una cálida sensación. Tomé su mano. El contacto duró segundos. Los suficientes para hundirme en la profundidad de sus ojos húmedos y hermosos.

Esa noche mi pareja no vino a casa, estaría de viaje durante varios días. Sentada en mi diván miraba sin ver una película.

Mi mente me llevaba a donde mi razón me decía ¡no, no! Regresaba a esos mágicos segundos con Encarnación. Sus ojos, sus caricias sobre mi cabello. Su cabeza en mis pechos. Otra vez esa sensación extraña y maravillosa. La duda. Las mariposas revoloteando en mi sexo. Miraba mi móvil, allí al alcance de la mano. Oír otra vez su voz. ¡No! No debía llamarla. Tan excitada estaba que fui a mi cuarto.

Me desvestí. Necesitaba satisfacer mi deseo. Tocaba mis pechos, turgentes. Mi cuerpo me exigía placer. Busqué uno de los vibradores. Cerré los ojos e imaginé a un hombre. Sentía vibrar al juguete dentro mío y mi mente volvía a Encarnación. Gozaba, no ahogué mis gritos. Demoraba llegar al clímax. Me detenía, hasta que la urgencia del deseo volvía a introducirse en mí.

Satisfecha me dormí. Recuerdo claramente el sueño. Las dos nos encontrábamos en un paseo costero. Un día diáfano. Las gentes paseaban. Lo extraño eran sus ropas ¡estaba quizás en los años 1920! Encarnación se detuvo, tomó mi mano y me preguntó ¿-Te hago feliz?

Luego estábamos en una habitación. Ella se desvestía muy despacio sonriendo. Se desprendía su vestido y quedaba en solo con su braguita. – ¿Me ayudas? Dijo. Quería que la ayudara a depilarse. En la bañera se recostó. Tomó crema de afeitar y me dijo -Hazlo. Me arrodillé y enjaboné su sexo. Luego la afeite. Lavé su vientre, reluciente, liso, perfecto. Tomó mi cabeza con sus manos y desperté empapada.

Estaba tan excitada. Recordé a muchas mujeres que amaban a otras mujeres ¿Qué haría? Todo estaba al alcance de la mano.

Finalmente, temblando, la llamé por teléfono. Sonó una, dos, tres veces, debía cortar. Y surgió la voz tan dulce de Encarnación. Simplemente le dije, estoy sola, quieres venir a mi apartamento, hablaremos.

Una hora más tarde estuvo en mi puerta. Al abrirla la vi radiante, hermosa, única y apetecible.

No dijimos nada. Le serví un vodka. Lo tomó de un trago, yo hice lo mismo. Me sentía algo menos tensa. La miraba caminar felinamente por la habitación, observando cada detalle. El pelo castaño bañaba sus hombros. También vestía una breve falda. A sus cuarenta y seis años lucía espléndida y sensual.

Sin decir una palabra se acercó. Yo temblaba. Toda mi voluntad se desmoronó. Muy bajo le dije -Tenemos que hablar. Dio unos pasos y sin más me abrazó. Así permanecimos unos segundos. Mi miró a los ojos. Apartó mi cabello. Puso sus manos en mi nuca y me besó con la profundidad de un inmenso amor tanto tiempo esperado.

Me llevó sonriendo a la habitación. Con urgencia me sacó la camisa, varios botones saltaron desparramándose. Desprendió mi sostén. Mis pezones recibieron a sus caricias. Me besaba con frenesí, con una necesidad tanto tiempo postergado.

Me hizo incorporar. Aún tenía mi falda puesta, aunque no tenía la braguita. Encarnación se arrodilló y comenzó a subir sus manos, en caricias cortas y breves. Yo sabía que ella quería saber lo que habría más arriba. Lo buscó con su boca ávida. Así vestida me recostó. Levantó la falda. Mi sexo suave y sin vello, recibió a su boca. Fue un grito profundo, mientras mis manos se aferraban a las sábanas.

En un torbellino de sensaciones, de deseos, lujuria, pasión y amor, la desnudé con la urgencia profunda de descubrir su piel, ahora toda mía.

Allí estábamos las dos, conociéndonos, palpando cada centímetro de nuestros cuerpos. Llenándonos de caricias. Gimiendo una sobre la otra. Tocándonos. Dándonos el placer máximo. Tuvimos tantos orgasmos ese día, pero no queríamos terminarlo, debía prolongarse. Incluso, cuando ya estábamos saciadas nos decíamos otra vez, otra vez.

Pasamos muchos días juntas. Mi pareja regresaría pronto. Decidimos tener un lugar de encuentro, disfrutaríamos de nosotras. ¿por qué no? Alquilamos un pequeño apartamento. Cuando nos deseáramos nos encontraríamos allí. Es nuestro hermoso y maravilloso refugio. El lugar donde nuestras vidas explotarían en las caricias más profundas que el amor pueda brindarnos.

La vida es lo suficientemente corta, aunque no lo parezca, para someternos a lo que, durante tanto tiempo nos han inculcado como correcto. ¿Por qué vamos a dejar de disfrutar? Nunca más el sometimiento. Mientras no le hagamos mal intencionadamente a otros, todo está bien.

Encarnación, como muchas otras mujeres de cuarenta y pico de años o más se abren a nuevos desafíos y está bien.

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