El último día

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Dónde escuché esta historia no lo recuerdo. Seguramente haya sido una lectura tomada quizás de alguna vieja tradición. Ya se sabe, las historias orales se pasan por generaciones y en cada una se va transformando y enriqueciéndose. Sin embargo, el fondo de la historia tiene un significado impactante, lo que demuestra que debe ser cierta.

Los hechos ocurrieron en un palacio de un sultán, se menciona el año mil doscientos sesenta. Poseía un poderoso ejército con el que había logrado grandes dominios. Su palacio se divisaba a lo lejos. Construido sobre una imponente colina, dominaba una amplia llanura.

Cuentan que poseía numerosas estancias. Cada una decorada en cada centímetro de pared y en los techos, con exquisitos bajorrelieves. Los arcos y columnas dejaban pasmados a los visitantes. Cada ventana, a diferentes horas del día, iluminaban maravillosamente las paredes, siempre señalando la frase que se repetía una y otra vez: Solo dios es vencedor. No hay más conquistador que Alá.

Se accedía por una empinada escalera que trepaba en cientos de escalones. Se atravesaba un magnífico puente de piedra sobre un rio, que cantaba corriendo sobre piedras, estratégicamente colocadas. Se entraba a una primera magnífica sala de donde se desprendía grandes pasillos. En realidad, no era un solo palacio, sino muchos dentro de unas impresionantes murallas.

El visitante se asombraba al atravesar un palacio y luego otro y otro. Contaban los viajeros la sorpresa que producía tanta belleza. Cada estancia era totalmente distinta a las otras. Cada una tenía un color, una luz determinada. Las paredes contaban distintas historias. Lo más llamativo era el agua que fluía siempre, con el desnivel justo por todos lados. Inmensos jardines con laberintos verdes invitaban a perderse en las tardes.

Una gran cascada, en lo alto, recogía parte de un caudaloso rio y creaba música en las acequias prolijamente cuidadas. El agua era para ellos un canto a la vida, profundamente enraizada en su cultura y en su religión, maravillaban en cada hora del día.

Las ventanas, encuadradas en hermosos arcos, regalaban, al que se acercaba, los más majestuosos paisajes. Las colinas y las cuevas a lo lejos. Los sembrados y más allá los bosques. El rio cruzaba orgulloso esas tierras magnificas y fértiles.

En esos pasillos vivió su niñez Azahara. Con sus padres ocupaba una habitación en la parte más alejada de la gran entrada, detrás de unos maravillosos jardines. Una fuente rectangular reflejaba el frente uno de los palacios, el Palacio de Otoño. A lo largo de la fuente de doscientos metros de agua, hileras de árboles, de hojas ocres, generaban un ambiente especial. Allí nuestra niña se hizo adolescente. Pero no fue una más en el corazón de ese imperio.

Su madre fue Katiba, fue educada con conocimientos de escritura. Podía copiar perfectamente el Corán. Escribía cartas y leía, leía mucho. No era, en esa época, sencillo que una mujer fuese educada, todo lo contrario, ella fue la excepción. El Sultán le tenía aprecio y la necesitaba.

Azahara leía perfectamente a muy temprana edad. Sin embargo, sus padres le tenían prohibido contarlo. Los libros fueron su mundo. El escape para una joven que nunca había salido del palacio, salvo en muy pocas ocasiones. Pasaba horas frente a las ventanas. Miraba muy a lo lejos, a los campesinos, como puntos que se movían. Su imaginación la llevaba primero a las chozas y luego, más allá de las colinas donde el mar mojaba las playas soñadas y nunca vistas.

Llegó a los dieciocho años de edad. Su trabajo consistía en asistir a las esposas del Sultán. Había logrado un trabajo excelente, si consideramos la época y el lugar. Su vida entre libros, prohibidos para la mayoría de las mujeres, fueron sus aliados, claro que no podía abiertamente mostrar sus grandes conocimientos.

Su inteligencia le permitió moverse en un peligroso mundo con facilidad. ¿Por qué peligroso? Pues la vida de una mujer y de muchos hombres dependía, muchas veces del humor del Sultán. Hablemos de ese hombre, su poder fue enorme. Poseía grandes territorios y un temible ejército. Los pueblos producían los granos y la carne suficientes para vender además a sus vecinos. Cuatro puertos eran la puerta abierta a enormes riquezas.

Azahara nunca había cruzado una palabra con él. Cuando pasaba a su lado bajaba la mirada con respeto, como todas las mujeres en el harén. Farid o el Blanco, como se lo conocía por llevar siempre un atuendo impecablemente blanco, que flotaba como el viento. Era muy alto. Su largo cabello negro caía sobre sus hombros amplios. Extrañamente su piel era muy blanca. Un largo medallón de oro pendía de su cuello. Su alfanje colgaba de su cintura. Esa arma, rematada en una empuñadora de amatistas, había sido de su abuelo, un guerrero, de su padre y ahora era suya. Significaba el derecho a ser el Señor de todo.

Tenía diez esposas, pero Aria era la preferida y la jefa de todas las demás. Ella estimaba mucho a Azahara, la había visto crecer y en secreto las dos hablaban del mundo, de la vida que habría más allá de los desiertos. Nadie sabría nunca el afecto entre ambas y sus larga y maravillosas conversaciones. Un día esa aparente paz se fracturó, una terrible noticia, corrió por el palacio.

Llegaría una delegación de otros señores de los confines del imperio. Muchas personas del palacio deberían ir a ese otro lugar. Familias enteras se verían separadas. Era una tragedia. El Sultán nada podía hacer, eran las costumbres y un desaire así a al gobernador en cuestión, podría acarrearle problemas políticos y hasta militares.

En las noches se escuchaban los llantos de padres, hijos, esposos y amantes. Fue entonces que Aria, la favorita, en secreto llamó a un cuarto privado a Azahara. Ella estaba en la lista y debía irse. Mientras ahogada en llanto se sacudía abrazada por Aria, ésta le dijo -No desesperes tengo una idea, peligrosa, pero única.

El plan comenzó a ser ejecutado con todo detalle. Al filo del peligro una noche Aria se presentó en los aposentos de su esposo. Azahara la seguía. Nadie, excepto su esposa y amantes podían ingresar a su lugar. Se levantó de la gran cama hecha una furia. – ¡¿Qué hace ella aquí?! Dijo sin levantar la voz, no le hacía falta, él era el poder absoluto. Su esposa sin inmutarse, con el tono justo de su cadenciosa voz le dijo -Amo tu descanso y ocio es mi trabajo. He tenido una idea. Recuéstate, cierra los ojos.

El sultán, que estaba de buen humor las dejó hacer. Azahara con su voz dulce, cantó y poco a poco fue cambiando el tono y comenzó un relato. Su señor recostado esperaba. Si salía mal, si las palabras pronunciadas, casi como una música maravillosa, no tocaban el alma del amo, la vida de ellas no valdría nada. La magia comenzó.

Contó que Baasmina era extraordinariamente bella. Poseía un cuerpo maravilloso. Su pelo rubio era único, en un mundo donde todos los tenían oscuros. Le apodaban Hazira, que significaba el lirio blanco. Su voz lograba un tono único que hacía soñar a quienes la escuchaban. Poseía el embrujo fantástico, como pocas criaturas de ser deseada más allá de todo.

El Señor cerró los ojos mientras se hundía en la historia. Inteligentemente Azahara.  se cuidaba de no dar datos precisos a su señor. Baasmina contaba con una edad, en esa época, considerada mayor, cuarenta y cuatro años. Muy alta. Su cabello lacio, brillaba tanto bajo el fuerte sol del medio día como en las noches, bajo la luna llena. Se desplazaba por el palacio con la gracia de una gacela. Decían que sus pies casi no tocaban el suelo. Sus ropas de suave lino flotaban con su caminar felino.

Azahara modulaba maravillosamente su voz en una cadencia como un viento suave y esperado. Baasmina nunca había tenido un esposo. A pesar de su belleza. Guardaba en su corazón un secreto único y maravilloso. Un secreto que iluminaba su alma. Nunca jamás nadie debería saberlo o su vida no valdría nada.

Cada mañana paseaba, antes del mediodía, por el laberinto de arbustos que manos únicas habían diseñado. Caminando por los jardines, al final de las innumerables fuentes cantarinas, se accedía por un túnel de arbustos y se entraba al enorme laberinto. Daba vueltas y vueltas. Cada tanto, algunos bancos invitaban a sentarse y disfrutar el fresco que allí se respiraba.

Baasmina conocía mejor que nadie la salida y algo más. Muchos se perdían y tardaban horas en salir, por ello no todos se animaban a recorrer esos senderos.

Ella contaba con cuatro horas libres cada día. En ellas desaparecía tragada por el juego del verde, el sol y las sombras frescas. Nadie podía seguir sus pasos.

En uno de los caminos, disimulada, se encontraba una entrada hacia un lugar escondido. Nadie en el palacio conocía su existencia.

Más allá de las ramas, que protegían el lugar, se abría un claro. Una pequeña construcción, tapizada por la hiedra, ocultaba un lugar soñado. Solo ella conocía ese inmenso y hermoso secreto. Incluso la puerta a la pequeña estancia, estaba disimulada por la hiedra, que se aferraba a guardar lo que allí ocurría, día tras día.

La narración continuaba. El Sultán se había compenetrado tanto con la historia que se veía recorriendo el laberinto, siguiendo a Baasmina El sueño lo venció. Azahara bajó su voz muy despacio, como a un niño que hay que dejarlo que sueñe. Así lo dejó durmiendo. Al siguiente día el Sultán despertó y su primera imagen fue aquella puerta, aún cerrada, que la hiedra se obstinaba en proteger. ¿Qué habría allí?

Pasaron las largas y luminosas horas del día, lentamente. En lo profundo de su alma el Sultán esperaba la noche y finalmente llegó.

Dio la orden y minutos después Azahara se encontraba en sus aposentos. Esta vez le dijo -Sigue contando, ¿Qué hay más allá de la puerta? Ella como un pájaro que canta embelesado, continuó en una dulce cadencia de palabras.

 Baasmina había llegado a su refugio secreto. Se detuvo, regresó a la entrada oculta de la foresta. Se cercioró que estuviese sola. Volvió a la puerta y la abrió.

La luz, en el interior era tenue, surgía del techo y de escondidos lugares en las paredes. Un color azulado cambiaba a un caramelo suave. El aire, extremadamente puro, olía a azares. Y allí estaba ella.

Un atuendo dorado caía, acariciando sus formas, sugestivamente dejaba imaginar lo que ocultaban. Baasmina se sentó muy cerca, aun sin tocarla. De sus ojos brotaban lágrimas de felicidad por tenerla solo para ella. Ese secreto profundamente guardado podría ser descubierto en un instante. Sufría por ello pero ahora estaban allí.

Su mente dejó atrás a todos los temores. Amaba a esa imagen fantástica. Se imaginaba quitándole el vestido, con una ternura infinita. Adoraba esos hombros desnudos. Correr sus manos por el cuerpo tibio. Se dejaba llevar a lo más profundo del placer prohibido Sentía los dedos de su amante en lo profundo de su ser. Gemía, susurraban juntas, maravilladas por ese amor único. Escondidas, a salvo de todos. Soñaba con sentir su boca húmeda sobre su piel.

El Sultán extasiado repetía -Sigue, sigue. Hábilmente Azahara bajaba el tono de voz. El Sultán comenzó a adormecerse. Otra noche más continuaba. Los días pasaban rápido. Pronto vendría la delegación que se llevaría a muchos al otro lado del reino. Se escuchaban los llantos de padres, esposo e hijos que serían separados.

Azahara debería tener mucho cuidado, pero aun así seguir con su peligroso juego, cada noche. Hacía el tercer día el Sultán, indiferente a los ruegos de los súbditos, continuaba con sus rutinas. Pero, muy adentro suyo, algo lo perturbaba. Destellos de una puerta tapizada de hiedra, un estar a media luz lo inquietaban. Esas dos mujeres desvistiéndose, abrazadas, felices y únicas, no eran aceptables para él. Pero algo ocurría en su interior.

Caminaba con sus sandalias de hilos de oro, su túnica blanca y su gran alfanje que se bamboleaba en su cintura. Recorría el palacio. Pasaba horas en el patio de los leones. Un gran patio con bellas plantas en las paredes y en el centro cuatro leones de mármol blanco, lanzaban agua, que corría desde la fuente hacia otros sectores. Ese sonido lo maravillaba. Allí solo, sin que nadie pudiese imaginarlo, cerraba los ojos y escuchaba como Azahara le mostraba el amor más sublime.

Aún no lo sabía, pero empezaba a desear ver a las dos amantes. Compartir la visión maravillosa de dos cuerpos hermosos entrelazados. Húmedos de placer, felices.

Otra noche más Azahara se jugaba la vida con su poderoso señor. Seguía con el juego. Contó que una noche sin luna Baasmina se escurrió de su habitación y corrió por los patios. Llegó a los jardines y se escabullo al laberinto, hasta que entró al jardín secreto. Allí estaba en la estancia donde su amor la esperaba. Otra vez su breve vestido transparente, irradiaba destellos de oro, bajo las luces tenues. Deseaba ese cuerpo hermoso que se insinuaba con lujuria.

Todos sus sentidos estaban listos para disfrutar el roce, la boca, las manos, las miradas. Preparada para hundirse en el más profundo y hermoso placer. Sus dedos, con exquisita ternura se acariciarían hasta que los cuerpos explotaran en la felicidad más increíble.

Una fuente rectangular, en el centro del estar, oficiaba de piscina. Dejó caer su vestido e ingresó al agua tibia. Un colchón de hojas de rosas tapizaba la superficie. Sintió la caricia del agua sobre su cuerpo sediento de amor. Lista, preparada para recibir y darlo todo. Mientras miraba embelesada a su compañera, quiso sentirse ella misma. Durante unos breves instantes jugó sola, saboreándose e imaginándose lo que le esperaba. Cuando el juego concluyo regresó corriendo a su habitación.

Azahara bajó el tono de su voz y el Sultán cabeceó y se durmió.

En la mañana recorrió su palacio. Estaba cabizbajo, pensativo, malhumorado. Ni siquiera su esposa favorita pudo sacarlo de ese estado. Durante el día no atendió a nadie, aunque varios asuntos urgentes lo requerían. En el patio de los leones pasó gran parte del día. Absorto en el agua que salía de la boca de los leones de mármol, lo hipnotizaba. Se arrodillo frente a uno, mojó sus manos en el agua fresca.

Regresó a sus aposentos y exigió que su esposa preferida se presentara. En minutos Aria estaba frente a su señor. Éste le exigió que Azahara se presentara de inmediato. Con temor ésta estuvo frente a él. Con su mirada baja esperó. ¡-Cuéntame ahora! Le exigió. Ella creando una peligrosa situación le respondió que solo las sombras de la noche le permitirían ingresar al mundo prohibido de Baasmina y su amante. El Sultán le dijo – ¡Esta noche quiero saberlo todo! Azahara le prometió contarle hasta el último secreto.

El Sultán, casi poseído por la incertidumbre y el deseo de saber más, pasó la tarde en el laberinto. Incluso ordenó a todos sus jardineros que revisasen todas las paredes del mismo. No encontraron nada. Mientras los ruegos de sus súbditos le imploraban misericordia. Estaba poseído. Deseaba a la maravillosa imagen que se había instalado en su mente. La imaginaba de mil formas diferentes. Se veía ingresando al secreto aposento. Disfrutar mirándola con su vestido acariciando ese cuerpo dorado. En un ataque de furia buscó la entrada oculta en las paredes de plantas.

Esa noche hizo pasar a Azahara. De un cuarto contiguo, una dulce melodía de flautas inundaba el majestuoso aposento. Por fin la voz de Azahara comenzó, como el trino de un ruiseñor, a llevar a su amo a ese maravilloso mundo.

La luna se había ocultado tras las nubes. Baasmina entre las sombras en silencio, bajó descalza las grandes escaleras de mármol blanco. Un guardia le impedía seguir. Tenía una moneda en su mano, la lanzó hacia uno de los pasillos. El guardia siguió el sonido y ella aprovechó para escabullirse rápidamente. Resguardándose se pegó a las paredes hasta que llegó a los jardines y luego al laberinto. Y allí estaba abriendo la puerta de la habitación única y perfecta, escondida para ellas.

Los ojos del Sultán brillaban asombrados, expectantes. Quería ver, mirarlas, tocar el cuerpo dorado. Tenerla en sus brazos, llevarla con todos los vestidos y joyas que deseara a su harén. Baasmina se quitó el vestido y corrió a abrazar a su amada. El juego más sublime las esperaba. ¿Acaso hay algo más hermoso que amor y el placer de dos almas en lo más sublime de la unión? El Sultán dejó rodar lágrimas por sus mejillas. Él, el más duro señor entre los señores. El guerrero más poderoso, él vencido por un amor imposible.

Detuvo a Azahara, le exigió que le dijese dónde encontrar a esa maravillosa mujer. Le daría lo que ella quisiera. Ella continuó el relato sin inmutarse, sabiendo que él se dejaría seducir y así ocurrió. Amplias cortinas de tul ocultaban una amplia cama que incitaba a acostarse y flotar hacia un mundo de sueños y sensaciones.

Baasmina corrió una de los cortinados y se acostó feliz esperando a su amor. Luego corrió el cortinado mientras abrazaba a su amada. El Sultán fuera de sí esperaba cada palabra que caía sobre su alma como un bálsamo necesario. Entre el tul podía ver a los cuerpos entrelazados buscándose, jugando una y otra vez. Las sombras le sugerían los movimientos perfectos de bocas húmedas y caricias profundas. Cerró los ojos y estuvo allí, parado frente a la cama mirando la felicidad de dos almas únicas, maravillosas y esplendidas. Deseaba escuchar los gemidos

Azahara había comenzado a emitirlos, para hacer más real el relato. Al Sultán se le aceleró el pulso y la respiración debido a la enorme excitación. Casi podía tocar el cortinado, como un sonámbulo se levantó y con los ojos enceguecidos caminó, fuera de sí por la habitación. En esos momentos comenzaron los gritos.

Un incendio se había declarado en los establos. Los caballos asustados rompieron las cercas y corrían despavoridos por los patios más bajos del palacio. Uno de los sirvientes, que debería dejar a su esposa y ser llevado al otro lado del reino, se había ocultado en los establos. Una lámpara de aceite volcada había comenzado el fuego. El sultán, interrumpido en su maravillosa visión se enfureció. El fuego fue controlado y el responsable apresado. En otras circunstancias la muerte hubiese sido el castigo. El sultán lo perdonó. Sabía que lo que estaba por ocurrir llenaría de dolor a muchos de sus súbditos.

Esa noche no pudo conciliar el sueño. Regresaba una y otra vez a esa estancia escondida en el laberinto. Imaginaba a la amante de Baasmina. Ese cuerpo perfecto ofreciéndose bajo su breve vestido. Deseaba posar sus manos en esa piel dorada. Darle su calor. Refugiarla en sus brazos. Hundirse en su boca. Endurecer sus senos maravillosos. Esperando la próxima noche logró dormir algunas horas.

El siguiente día fue largo y agotador. Terminó pronto su labor. Las reuniones lo cansaban. Su mente se encontraba en otro lugar, muy cerca de allí. Regresó a los jardines, quería estar solo. Ordenó a los guardias que lo dejaran caminar sin seguirlo. En lo profundo de su alma aún quedaba la esperanza de encontrar la estancia oculta y en ella a la mujer más perfecta y jamás soñada. Tocaba los arbustos, sentía el aroma de las maravillosas flores que brotaban de las fuentes.

Llegó la noche y al fin Azahara estuvo frente a su señor. -Continúa, le exigió. Ella, con su voz como un arroyo que canta sobre las piedras siguió. Una noche Baasmina escapó hacia el lugar donde se encontraba su amante. Tanto era su amor que caminó una larga hora por el laberinto. Arriba las estrellas miraban su deambular. Se encontraría con su querida, pero deseaba extender más el sentimiento del deseo. Cuando al fin estuviesen juntas, el fuego de la pasión explotaría como fuegos de artificio.

A media noche, cuando todos en el Palacio dormían, ella abrazaba a su amor fundiéndose en el más hermoso y apasionado abrazo. Sin su ropa sentía la piel de su amante, tibia, dulce, húmeda y deseada. Esperaba recibir las caricias que lograrán hacer explotar los gemidos más deseados. Era la entrega total. La música del universo para ellas, elevándose como mundos flotando en el vacío del espacio. Solas, únicas, lejos del palacio, del reino y del mundo. En el cuarto escondido el amor sublime flotaba como una luz maravillosa.

El sultán embelesado, con sus ojos cerrados, recostado en su gran sillón, estaba casi al alcance de ese maravilloso cuadro de pasión. Azahara fue bajando poco a poco el tono su voz y cuando su señor se durmió, salió en puntas de pie de la habitación real.

Durante el día ella preparaba su actuación. Fue un día extraño. Faltaba muy poco para que muchos abandonaran el palacio y viajasen muy lejos. El sultán hastiado de la situación que se respiraba, solo ansiaba la noche. Necesitaba saber que había hecho al fin Baasmina. No atendió a ninguna persona, ni siquiera a altos funcionarios que requerían de sus decisiones.  Al fin llegó la noche.

Allí estaba lista Azahara. La noche estaba oscura, sin luna. Perfecta para que nadie la viese a Baasmina ir a los jardines. Justo cuando solo faltaba una puerta dos guardias le impedían la salida. Se quedó oculta tras una pared. Temía ser descubierta. Su amor la estaría esperando. Transcurrió una hora y luego otra. Las estrellas corrieron por los cielos. Cuando el cielo comenzó a tomar un tenue color, supo que ya no podría escurrirse a su amante. La había dejado sola. Regresó a su habitación. Triste y en silencio.

Su cuerpo le pedía las caricias de su amante. Su vientre recordaba cómo el fuego de la pasión la encendía. Bajó sus dedos por su cuerpo, mientras lloraba por esa noche sin su amor. Necesitaba el placer cerró sus ojos mientras su mente la imaginaba con su amante.

El sultán lejos de dormirse estaba furioso. Exigió que Azahara continuara con el relato, ésta, poniendo su voz en la cadencia perfecta, le explicó que las altas horas de la noche le hacían olvidar lo que había ocurrido. Pero que la próxima noche Baasmina y su amante lo estarían esperando, le suplicaba que la dejara descansar, prometiéndole que la próxima noche la historia continuaría.

Otro largo día. Los vigías del reino habían avisado que la caravana, que venía a llevarse a muchos de los súbditos, se encontraba cerca. Azahara temblaba. Sabía que esa noche era la última. Se le terminaba el tiempo. Las horas transcurrían lentas. El sol se desplazaba por el cielo. El sultán sin poder soportar las súplicas de los que serían llevados lejos, partió a una jornada de caza.

Hábilmente Azahara, viendo la oportunidad, se hizo ver por el sultán, antes que saliera con sus hombres al campo. La vio y la llevó consigo. Pasarían la noche fuera del palacio. Ella viajó en uno de los carruajes reales. A la tarde habían llegado. El campamento fue armado. La tienda real alojó solo al sultán. Esa noche dio órdenes que nadie lo molestara. Azahara fue conducida hasta su señor. Así comenzó otra noche más.

Baasmina estuvo nerviosa todo el día, la noche anterior, sin poder ver a su amante la tenía muy preocupada. ¿Qué pensaría de ella que no había aparecido? Nunca había ocurrido, cada noche, desde hacía un largo tiempo, la visitaba repleta de amor.  Al fin llegó la noche y corrió a su refugio secreto. Sus pies descalzos sintieron el fresco de suelo. Había luna, pero para su suerte. Fue una sombra sigilosa que enseguida desapareció tragada por el laberinto.

Y allí estaba su amor. La abrazó con toda la fuerza de la pasión. Viajó por ese cuerpo deseado hasta lo imposible. Su boca buscó la de ella. Las manos ansiosas recorrían el transparente vestido. Se dejó llevar recostándose en la cama. Cerró sus ojos mientras el placer, como breves olas del mar, subía desde su vientre. Recorrían sus piernas, hasta sus pechos firmes. Breves suspiros de placer iluminaban su alma. Ahora estaba feliz, ella seguía en su lugar esperándola, esa noche y cada día de vida que le quedara. Nada las separaría.

Se quedó dormida. Muy temprano en la mañana corrió por los jardines con el terror que la encontraran fuera de sus aposentos. Azahara hizo silencio. El Sultán nervioso le preguntó ¿¡Qué le ocurrió? Ella le dijo, como cada noche, mañana lo sabremos. Descanse tranquilo mi señor. Baasmina estará bien. Así finalizó el anteúltimo día.

Habían llegado los últimos informes de la caravana. Aún se encontraban a unos kilómetros. Habían tenido un percance. El fatídico día se demoraba. Azahara contaba con una oportunidad más. Preparó su juego y siguió con la historia, pero dejó en suspenso al sultán de tal forma que se hizo imprescindible. Regresaron al palacio, la caravana había llegado. Fue un día triste. Finalmente, el palacio quedó en silencio.

Azahara se había recluido en los aposentos de las esposas del sultán. En la noche éste llamó a Azahara sin percatarse que era una de las que debía partir. Ella siguió con el relato, noche tras noche. Así pasó un largo año. Un día se arrodilló a los pies de su señor y con lágrimas en los ojos le abrió su corazón. Le pedía permiso para casarse. A su edad era algo casi imposible. Un hombre más joven se había enamorado. El sultán le concedió el permiso. Cuentan que la fiesta fue pagada por éste.

Un tiempo después la pareja dejaba el palacio para vivir en uno de los pueblos. Cuentan que fueron años tristes para el sultán que había perdido a quien le llevara de una historia a otra. Un día descubrió otra forma de abandonar su mundo y viajar sin moverse. Había encontrado el placer de la lectura. Pasaba horas del día en uno de los bancos dentro del laberinto. Allí leía y viajaba a mundos nunca imaginados.

Una tarde regresaba solo. Terminaba un verano muy seco. Las plantas se habían secado en algunos sectores. Entonces vio algo extraño. Apartó las ramas y se encontró con una montaña de hiedras. Sacó su alfanje y cortó varias ramas, sorprendido descubrió una gran ventana y una puerta. Temeroso empujó la puerta y allí estaba. La amante de Baasmina después de tanto tiempo. Una luz dorada ingresaba por el ventanal. Una fuente rectangular y una gran cama.

En el centro se levantaba la imagen de una mujer. El maravilloso artista había logrado en la más maravillosa perfección del mármol una visión fantástica. El cuerpo se encontraba apenas cubierto por un breve vestido de tul transparente. Toda la belleza había sido representada en la magnífica obra. El sultán se arrodilló ante la visión sobrecogedora de la belleza.

¿La historia de Baasmina había sido cierta o acaso Azahara le había contado noche tras noche su propia historia?  Él nunca pudo saberlo. Cada tarde pasaba horas disfrutando la belleza que se irradiaba de la escultura y recordaba cada encuentro de amor sublime que había escuchado tanto tiempo atrás.

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