El 25 y ella 45

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Quizás solo escribir nuestra hermosa historia de amor, me aleje de la incomprensión, del dolor que nos han causado. Mi familia, mis amigas más íntimas, hasta los vecinos un día me dieron vuelta la cara. Me condenaron a la vergüenza, ¿que pretenden que sienta? Se alejaron, me dejaron sola. Pretendieron quitarme lo más sublime que la vida puso en mi camino: el amor sin límites ni medida.

No me permití y no lo haré nunca el sentir vergüenza. No me doblegarán. Ahora veo con claridad quiénes me han querido y quiénes, apoyándose en los obsoletos cánones de una sociedad dominada por creencias estúpidas, me condenaron.

He amado con toda mi alma y aun le sigo amando, al ser más bello, dulce y maravilloso. Todo comenzó, hace un año. Me encontraba en la casa de Mercedes una amiga íntima, de mi edad cuarenta y cinco años, nacimos el mismo día, por ello festejábamos juntas nuestros cumpleaños. Su marido se encontraba en el trabajo. Me había quedado sola en su casa. Mercedes había salido a comprar la cena, donde festejaríamos nuestra llegada, a la edad de oro, como solíamos decirnos.

Ella tiene dos hijos, la pequeña Irene y Gustavo. Es tan alto como yo, un metro ochenta ¡tan joven! Ha adquirido el cuerpo de su padre, un atleta en su juventud. Gustavo tiene toda la presencia de un hombre que empieza a vivir, pero su actitud ante la vida es la del que sabe que todo le espera. Centrado, mucho más plantado ante la vida, que los compañeros de su edad. Sus gustos, tan similares a los míos parecen los de una persona de más edad.

Mercedes tardaría en llegar, la pequeña Irene dormía. Gustavo se sentó frente a mí. Mientras conversábamos de temas triviales, noté sorprendida su mirada. Yo tenía puesto un vestido blanco que marcaba bien mi figura. Debo decir que luzco un cuerpo envidiable. Me veía muy sexi ese día. Mis piernas, mi corta falda, fueron el blanco de Gustavo. No me molestó para nada. Sentía el fuego de su juventud, el lógico ardor que yo le despertaba.

Disfrutaba su mirada recorriéndome. Me divertía ser deseada por alguien más joven. Debo reconocer que también él me excitaba, aunque en esos primeros momentos estaba muy lejos de imaginarme siquiera una aventura.

La conversación fluyó con tranquilidad, aunque notaba, ciertas expresiones en su cara que confluyeron en una pregunta que me impactó y no esperaba me dijo

– Ana ¿tu aún sigues sola, sin pareja? Con una sonrisa le respondí en tono de broma – ¿Acaso estás buscando a una mujer mayor?                                         En un giro imaginado de la situación se sentó a mi lado.   ¿acaso estaría mal conocer a una mujer de mundo con toda la experiencia?  He escuchado a mamá decir que ustedes tienen la mejor edad de todas.

¿Qué le contestaría? Sin más le dije – ¿Qué más podría pedir una mujer como yo de tener un semental de tu edad?   Fueron risas, pero él continuó -Sería maravilloso.   -Sí y tus padres nos matarían a los dos. -Puedo hacer lo que quiera. Ellos no van a prohibirme elegir a la mujer que desee.   Lo miraba con la ternura que sus palabras me despertaban. Seguí el juego.

-Conmigo o con otra mujer de mi edad ¿sabrías que hacer? Firme, serio, su mirada de fuego me decía – ¡Sí, puedo!

En un principio fue un juego que me hizo sentir viva. Hacía tiempo que había terminado con mi última pareja. Entonces ocurrió. Puso su mano sobre una de mis piernas, mirándome a los ojos. No dijo nada. Esperaba mi reacción. ¿Debía haberle sacado la mano? Lo dejé. Sentí que mi piel se erizaba. Le correspondí con una mirada profunda. En ese momento escuchamos la puerta de entrada. Él, de un asalto, se sentó en el sillón frente mío. Muy tranquilo dijo – ¡Hola mamá!

Llegué a casa turbada. Esa noche me acosté muy excitada. Pensaba en cómo sería disfrutar con un ángel tan joven. Antes de la medianoche tuve una llamada al móvil. No lo tenía agendado y de pronto ¡escuché su voz! -Buenas noches Clara, estaba pensando en ti. Esperó a escuchar mi respuesta. Sabía que en ese momento lo que dijese podría cambiarlo todo. Imaginando que el paso que daría sería inmenso, exigió una sola respuesta -Yo también, le dije.

Supuse, en esos momentos, que sería un juego. Una vez, quizás dos. Yo la maestra y él alumno ¡qué equivocada estaba! Yo vivía sola, así que tendríamos el lugar para la primera cita. En aquellas primeras palabras me dijo -Mañana a la tarde estaré en tu apartamento. Solo eso. Le dije que estaría en casa. Pensaba que no se animaría.

Se acercaba el momento y el efebo no había llegado. Debo confesar que lo esperaba entre risueña y preocupada. ¿Qué haríamos? ¿Qué nos diríamos? Cuando ya creía que todo había sido una bravuconada sonó el portero electrónico. Llegó con una botella de champagne ¡tan joven y con clase! Cerró la puerta y sin más me abrazó. Sentí sus labios, ávidos, húmedos y necesitados de toda mi ternura.

Nos acomodamos el sofá. Me observaba con deseo y placer. Mi blusa permitía marcar mis pezones. Me había calzado una breve falda. Tomó mis manos y dijo que quería amarme ¡enseñarme lo que sabía! Me causó gracia y un profundo deseo de cuidarlo como a un cachorrito dulce y fogoso. Lo abracé, jugué con su pelo rizado. Le pregunté – ¿Te das cuenta que si nos descubren nuestras vidas se irán por el fregadero? – ¿Tienes miedo? preguntó. No yo no tenía temor, aunque intuía que deberíamos cuidarnos.

En esos primeros momentos, estando en sus brazos, sintiéndolo todo mío, no quise pensar en nada. Sólo dejarme ir. Ser yo, estar juntos, descubrirlo. Entregarme a su juventud, despertarle el más intenso placer. Estaba tan excitada, que lo dejé hacer. Antes de ir a la cama abrimos el champagne. Me miraba con el asombro de la primera vez, dichoso, poderoso, único.

Me desvistió con la calidez y cuidado de unas manos primerizas, pero seguro de sí mismo. Me he cuestionado cada noche cuál es la razón por la cual me dejé seducir por Gustavo. ¿Fue la atracción física exclusivamente? Es cierto que él es un muchacho increíblemente hermoso. Alto, fuerte y a la vez tan dulce y un poco tímido. No, de ninguna manera. Es cierto que su juventud y vitalidad me encantaban y me hacían sentir segura.

Él es emocionalmente maduro para su edad. Eso también me gustaba. Pero hay algo que descubrimos casi enseguida. Nuestra gran conexión intelectual. Si bien yo he vivido mucho más del doble de su edad y por lo tanto acumulado experiencia y sabiduría, él es un ser intelectualmente superior. Con sus breves años ha logrado cultivarse a un nivel sorprendente. Nos entendíamos a las mil maravillas. Pasábamos horas, uno al lado del otro, abrazados en la cama, luego de amarnos, hablando de los temas más variados.

Supimos desde el principio que ambos deberíamos dejar los prejuicios de lado. Nunca me sentí limitada por los estereotipos sociales y estuve dispuesta a explorar la relación con alguien tan maravilloso y joven. Sin embargo, la sociedad en la que vivimos no estaría dispuesta a tolerarnos con facilidad. Intuíamos que debíamos mantener un gran cuidado en no ser descubiertos. Ese fue la espada que estuvo balanceándose sobre nuestras cabezas. Sintiendo que jugábamos un juego peligroso.

Estuvimos seguros que para lograr que la pareja disfrutara plenamente y que la relación fuese saludable deberíamos ser fuertes, basarnos en el respeto mutuo. El mundo estaría en nuestra contra. Serían ellos o nosotros. Nos juramos nunca abandonarnos y si fuese necesario oponernos abiertamente a aquellos que intentaran separarnos, fuesen quienes fuesen.

En mi relación anterior yo no había sido tratada con respeto y menos aún valorada. Gustavo me daba todo lo que nunca había experimentado. Con él me sentí liberada, protegida. No pensaba en su edad, yo amé hasta lo imposible a su alma. Me hundí en el placer más hermoso de todos, ser amada con la certeza de haber, al fin, encontrado a un ser maravilloso y único. Él decía lo mismo de mí.  Fuimos hechos para cruzarnos en el momento justo de la vida. Como si estuviésemos parados en una solitaria estación, mientras el único tren nos espera. Sabiendo que, si no lo abordamos, perderíamos la oportunidad para siempre.

Llegó otro cumpleaños, lo festejaríamos juntos, como siempre. Se presentaba una complicación más. Yo caminaba por un campo minado. Debería tener el mayor de los cuidados. Mercedes y su esposo viven en una lujoso mansión y Gustavo con ellos. Son gente de buenos recursos económicos. Busqué todas las excusas que pude para no ir a la reunión. Fue imposible.

Llegó el día. Me encontraba en su puerta llamando por el portero electrónico. Mi corazón latía rápido, estaba muy nerviosa y debería mostrarme despreocupada y tranquila. Ningún cuidado estaría de más. La puerta se abrió, Gustavo parado, con una enorme sonrisa, me dio un beso en la mejilla, al oído me dijo -Estás tan sexi, te haría el amor ahora mismo.

Mercedes vino a mi encuentro, nos saludamos con varias amigas. La cena sería en el jardín, al lado de la piscina. La noche estaba hermosa. Los tilos nos embriagaban con su perfume. Tomaba mi bebida, me sentía nerviosa, mareada, con ganas de huir de allí. Mercedes dijo que faltaba bebida. Gustavo dijo -Yo la traigo ¿quién me ayuda? Yo estaba muy cerca. – ¿Tu?, dijo. Me levanté mientras mis piernas temblaban. Entramos en la cocina. Por la ventana veíamos a todos en el jardín. Se acercó por atrás, me abrazó. Pude sentir su erección.

Estaba agitadamente excitada, mojándome, lo deseaba, el riesgo aumentaba aún más el placer, el deseo de abrazarlo hasta saciarnos. – ¿Estás loco? Llevemos la bebida o sospecharán. Le dije.

Gustavo, sentado a mi lado, frotaba su pie con el mío. Su madre lo miró y aterrada imaginé que se había dado cuenta. Me esforcé. Logré tranquilizarme y como si fuese la mejor actriz, hablé despreocupadamente de cualquier tema. Ignoré a Gustavo. Luego se levantó y fue a su cuarto. Los mayores lo aburríamos.

En la madrugada de esa noche, ya en casa, me llamó. – Hoy tuve la necesidad de tenerte toda para mí y mandar al diablo a los viejos. ¡me volviste loco amor! Iré hoy a la tarde a tu casa y te llevaré al cielo. Así fue, vino a mi apartamento. No perdimos un segundo. Le había dado las llaves. Yo estaba en la cama con un nuevo conjunto hiper sexi.

Escuché la puerta, al no verme me llamó, desde el cuarto le dije que viniese. Al verme acostada se desvistió. Su erección fue como ver un hermoso monolito. Jugué con su pelo, él con mis pechos. Luego siguió bajando hasta que comenzó a besar mi vientre y luego brindándome todo y más de lo que podía pedirle. Luego fue su turno y yo, su maestra, supe cómo hacerle aullar. Luego fui suya, una y otra vez. En la mañana despertamos juntos. Estábamos muertos de hambre, pero el deseo nos llevó a un juego rápido y maravilloso. Nos bañamos juntos. Luego desayunamos en una de las más hermosas mañanas que he vivido.

Sentía la necesidad de hablar de nosotros, de expresarle mi gratitud por haberme dado tanto, pero también el temor que sentía. No quería perder la joya que la vida me daba. Nos sentamos y mirándonos a los ojos estuvimos de acuerdo en que deberíamos hablar sobre nuestras expectativas y el futuro. Su visión de la vida, obvio, sería diferente a la mía. Sabíamos que la diferencia de edad, aunque significativa, no sería nunca un obstáculo para ser felices. La edad no define a una persona y nosotros teníamos muchas similitudes. Estuvimos de acuerdo. Me abrazó con tanta intensidad haciéndome llorar de felicidad.

Pero estábamos nosotros y el mundo, y ese era mi temor. No nos sentíamos avergonzados, todo lo contrario, pero sabíamos que la sociedad tiende a juzgar a parejas que tienen una gran diferencia de edad. ¡Y su madre era mi amiga! Fuimos muy honestos entre nosotros. Nuestro amor no dejaba lugar a ninguna fisura en la pareja. Con el riesgo permanente nos prometimos disfrutar los momentos juntos, sin pensar demasiado en el futuro. Tendríamos desafíos, pero los superaríamos. Eso es lo que deseábamos. Sin embargo, la historia sería muy diferente. Llegando a un límite extremo, pero entonces, en el mejor momento de nuestras vidas, no podíamos saber la tormenta que nos arrastraría.

Los momentos en que me encontraba sola en casa pensaba en nosotros. Analizaba nuestra relación, siempre con el temor de perderlo. Para él y para mí no existía el tema de fortuna. Yo no soy rica, pero tengo lo suficiente para los dos. Los demás podrían, quizás pensar que, debido a nuestra diferencia de edad, no duraríamos, no sería una relación estable, que no nos llevaríamos bien. Pero claro, ¿quién podría imaginarse el profundo e inmenso cariño que nos unía?

Pasaron meses maravillosos, únicos, amándonos y escondiéndonos. Los días en que Gustavo no venía, solía acostarme y pensar en él. Me desvestía, quería sentir el fresco de las sábanas en mi piel e imaginarlo a mi lado. Cerraba los ojos y mi mente creaba el ambiente. Acariciaba mi cuerpo, jugaba con mis senos. Mis manos eran las suyas. Bajaba hasta mi vientre y luego mis dedos, como hábiles mariposas, se deslizaban una y otra vez dentro mío. Oleadas de placer explotaban por todo mi cuerpo. Lo veía, lo sentía conmigo, dentro, afuera. Hasta que mis gemidos rebotaban en las paredes. ¡Cómo lo deseaba!

Dicen que el subconsciente es como un lago profundo de aguas turbias y a veces tenebrosas, con un monstruo listo para saltar, y que el consciente es una superficie de aguas cristalinas y aparentemente quietas. Sin querer darle mucha importancia, las aguas, muy abajo se movían inquietas. Fue entonces cuando comenzaron los sueños.

Me encontraba caminando en una ciudad que no puedo precisar, portaba una maleta muy grande, pesaba. Muy a los lejos creía ver una línea de horizonte. Caminaba con dificultad por el peso. Sabía que la maleta era muy importante y que no debía perderla o dejarla. Me detenía cansada, para tomar aliento. La gente que pasaba a mi lado me miraba con expresiones de desagrado. Yo seguía, quería salir de la ciudad escapar de la gente. Desperté con un sabor agrio en la boca. Cansada, la preocupación saltó sobre mí. Ese fue un día triste.

A la tarde Gustavo vino a casa, verlo fue suficiente para que olvidara las preocupaciones. Fuimos a una exposición de arte. Quedaba lejos de casa. No correríamos riesgos que nos viesen. La galería estaba vacía, solo nosotros.

Recorrimos los cuadros y fotografías expuestos. Era una muestra de arte erótico. Las imágenes que veíamos eran sensuales y sugerentes. Captaban la esencia misma de la seducción. Un lienzo, especialmente nos dejó sin aliento. Representaba a una mujer joven, hermosa. Los labios rojos y las mejillas sonrojadas estaban especialmente iluminadas. Como si una luz cayera directamente sobre su cara. La mirada era coqueta y a la vez sugerente.

Cerré los ojos y Gustavo, también excitado por el lugar y el momento, me abrazó por detrás, susurrándome -Estamos solos. Deslizó su mano por mis pechos, acariciándome uno de los pezones que estaba turgente. Podía sentirlo a través de la fina tela de nuestras ropas. Lo deseaba, le dije que nos fuésemos a casa. Él riendo quiso seguir. Terminar la recorrida.

Al final de la galería habían colocado una escultura única y maravillosa. Dos cuerpos desnudos, un hombre y una mujer, se entrelazaban en una posición que transmitía una sensualidad en cada curva, en cada brazo que rodeaba, exploraba, mostraba el más puro deleite. Me embelesó. Cerré los ojos mientras Gustavo, imitando en parte a la escultura, recorría mi cuerpo ardiente de deseo. -Tócala, siéntela, como si fuese mi piel. Y lo hice. Mis manos se deslizaban sobre la piedra finamente suave. Me di vuelta, introduje mi mano dentro de su pantalón y me dejó hacer.

Regresamos a casa y tuvimos un maravilloso encuentro. Lo que habíamos visto nos llevó a amarnos en una tarde tan sensual, tierna, emotiva y cargada de deseos voluptuosos. Jugamos hasta saciarnos. Cuando se fue le acompañé hasta su auto al aparcamiento. Caminábamos y otra vez la sensación de riesgo, de desasosiego cayeron en mi alma. Nada le dije mientras lo besaba. Cuando se fue salí a caminar., miraba para los lados, Me detuve, teniendo la estúpida sensación que me seguían.

El sueño de esa noche fue horrible. Se mezclaron momentos de la galería de arte con gentes que nos perseguían. Corríamos por una avenida, buscábamos el auto para alejarnos. Miré hacía atrás, aterrada vi a un grupo de personas que nos señalaban, otras se acercaban a nosotros gritándonos. Me desperté sudada. El miedo estaba en mí.

Gustavo estudiaba Arquitectura, cursaba el tercer año. Eso me encantó pues yo soy arquitecta. Muchas tardes, en que él decía que estudiaba en la casa de un amigo, estábamos juntos. Recuerdo perfectamente el momento. Preparaba una maqueta. Desde mi sillón le miraba trabajar. Mis ojos recorrían sus anchos hombres, su cintura perfecta, sus fuertes piernas. Puse una música romántica, me acerqué y le abracé desde atrás. Se dio vuelta, con ternura tomó mi cabeza con sus manos. Fue un beso tan profundo y dulce.

Le llevé hasta el sofá. -Debo terminarlo. Dijo. Le prometí que yo lo haría luego.

-Desvísteme por favor. Le dije. Mi vestido quedó a mis pies. Él me recostó Desprendí mi sostén, mientras él me sacaba la braguita. Así arrodillado jugó entre mis piernas, yo aullaba. Un volcán hervía en mi vientre. Luces de cientos de colores explotaban en mi mente. Su cuerpo sólido, único y perfecto fue un volcán que disparaba todo su fuego. Fue su turno y yo la maestra perfecta que sabe que solo hay una forma de devolverlo todo. Acostado, ahora él, en el sofá, acaricié su sexo muy lentamente. Jugando entre el deseo y la urgencia. Explotó como a mí me gusta. Viéndolo, sintiéndolo temblar, feliz.

No Imaginaba lo que me esperaba. Una mañana la madre de Gustavo me invitó a tomar un café. Yo intentaba, por todos los medios, no encontrarme con ella, iba a ser imposible. El momento llegó, si lo rehusaba se preguntaría por qué. No quería la más mínima sospecha. Nos encontramos en restaurante al que, antes de salir con Gustavo, solíamos almorzar.

Entré y la vi de espaldas, sentada en la mesa. Caminaba hacia ella como quien se dirige a su patíbulo. ¿Qué le diría? ¿Sospecharía algo? Nuestro futuro pendía de un hilo. Me abrazó saludándome efusivamente, pero intuía que algo ocurría. Mientras la escuchaba miraba sus ojos, por dentro me decía ¡lo sabe! Tratando de mantenerme tranquila me dijo – ¿Te ocurre algo? ¡Mis nervios me estaban traicionando! Le dije que no, que había pasado una mala noche. Entonces dijo

-Lo sabemos. Me quedé paralizada, aterrorizada.

Siguió -Lo de Ana. No podía casi hablar – ¿Ana? – ¡Sí, descubrió a su marido, con otra y en su casa! Fue como si una mano mágica me hubiese rescatado de un naufragio. Mi corazón volaba acelerado. Pude rehacerme y llevar la conversación, sacando los fantasmas de mi alma. Nos despedimos. Caminaba hacia mi apartamento con el peso sobre mis hombros. ¡Qué difícil es amar a alguien con tanta intensidad y ser acorralada por el temor a perderlo!

Llegué a casa agotada, pero ¡que alegría Gustavo me esperaba. Me lancé a sus brazos. Esperaba saber cómo me había ido con su madre. Le conté mientras, él, sin perder tiempo, me desvestía. – ¿Sabes algo?, mi madre, los amigos y el mundo me importan muy poco. ¡Que se enteren, nada va a separarnos! Me dejé amar. Otra vez me hizo olvidar del mundo. Solo nosotros dos amándonos, llevando el placer hasta las nubes. Satisfechos ambos, me abrazó pidiéndome que no me preocupara. – ¡El mundo es nuestro!

Transcurrieron dos meses sin sobresaltos, pero siempre cuidándonos. Un día me dijo -Es hora que te presente a mis amigos, quieren conocer a mi novia y yo quiero mostrarte. Le dije que estaba loco. Sus amigos conocían a su familia ¡se enterarían todos! Pude convencerlo y ¿qué hizo? Pues debía presentar a alguien a sus amigos y hacerla pasar por su novia. Una conocida suya, una chica muy bonita, estudiaba teatro. Sus amigos no la conocían, ni su familia. Fue una buena representación. Presentó a su “novia”. Dijo que ella viajaría a Estados Unidos a estudiar y que en tres meses regresaría. Habíamos ganado tiempo.

Los sueños no cesaron, mi inconsciente me llevaba, en muchas noches, a situaciones y lugares donde perdía a Gustavo. En las mañanas posteriores a esas pesadillas mi ánimo quedaba en el suelo. Muy apesadumbrada, triste y sin fuerzas, hasta que él me llamaba y sol volvía a brillar. ¡Cómo soñaba con vivir juntos! Sabía que sería imposible. Entonces tuve una idea.

Gustavo estaba por recibirse de arquitecto, pensé que hiciese un Master en Estados Unidos. Podría pagarlo yo y estaríamos juntos un buen tiempo, ¡libres!  Lejos de todas las miradas. Caminar abrazados, viviendo juntos. Sería maravilloso. Esa noche preparé una cena estupenda. Estábamos en el sofá, me abrazó con la pasión que solo él era capaz de darme. Lo dejé que me desnudara. En la habitación lo atraje hacia mí y le expliqué la idea. Esa noche me amó con la fuerza de un huracán. Sus ojos llenos de lágrimas de alegría, me miraban sorprendidos repetía una y otra vez ¡te amo!

Se lo dijo a sus padres y ellos estuvieron de acuerdo, pensando que su hijo viajaría solo ¡Nos iríamos! Pero aún faltaba bastante. En tanto nuestra vida debía seguir sin cambios cuidándonos. Preparamos un viaje muy especial. Arrendaríamos una caravana y nos iríamos en un viaje hacía Francia, recorriendo la Costa Azul y luego en veinte días hasta donde llegáramos.  Otra excusa a sus padres para alejar toda sospecha. Avanzamos con el plan.

Aún faltaban varios días para la aventura. A veces Gustavo no podía venir a casa. En esos días solitarios, cuando las pesadillas no me atosigaban y me sentía feliz, me acostaba y jugaba conmigo, pensando en él. La imaginación en el erotismo es como si estuviese bajo los efectos de una droga. Mi imaginación volaba hasta límites increíbles. Su imagen, el deseo, mis dedos y algún juguete, obraban milagros. Esperaba con ansiedad el momento de iniciar el viaje, de escaparnos y ser libres.

Al fin llegó el momento y el largo camino nos esperaba y también el más feroz destino. Llegamos a un pueblo. Habíamos recorrido quinientos kilómetros. Nos detuvimos en una Estación de Servicio. Allí pasaríamos la noche. La cena estaba lista, fui a la tienda de la gasolinera a comprar unas bebidas. Regresaba cuando vi que algo raro pasaba. Un auto se detuvo al lado de la caravana. Caminaba hacia ella, entonces mi corazón saltó acelerándose. Reconocí el auto de sus padres. ¡Nos habían encontrado!

Me detuve horrorizada. Mi mente volaba a velocidad ¿Qué hacer? Entonces hui. Corrí por la carretera, hasta que la oscuridad me tragó. Agotada me interné en un campo. Debajo de un gran pino me senté en la tierra. Pensaba espantada, sin saber que hacer. No podía volver. Quizás él se diese cuenta que los había visto y no me nombrara. ¿Y si no fuese así? Me dormí, allí tirada. Tenía frío. Todo había quedado en la caravana.

Salía el sol y aterida salí a la carretera. Lo que hubiese pasado ya no tendría solución. Por suerte había tomado mi cartera, tenía los documentos y dinero, pero no sabía dónde estaba. Ni siquiera la dirección que había tomado. Estaba perdida. Nadie pasaba por la carretera. Recién por la tarde un camión apareció a lo lejos. Hice auto stop y el buen hombre me llevó al lugar más cercano. Otra vez estaba en la gasolinera, donde un día antes nos habían descubierto. La caravana no estaba y no podía saber que había ocurrido. Mi móvil lo había dejado sobre la mesa.

Llegué a casa un día más tarde. Un sobre había sido pasado debajo de la puerta. Solo decía “nos descubrieron y te he mentido, aún no he cumplido los dieciocho años, te amo Gustavo. La última esperanza se evaporó, mientras el mundo, como un muro de piedras se abatió sobre mi alma. Caí de rodillas y lloré durante horas. Ya nada importaba. Me alcanzó el infierno. No toleraron nuestra unión. Había cortejado a un menor, aunque no pude saberlo, el mundo cayó sobre mí.  Un día preparé una maleta. Tomé mi pasaporte y cerré por última vez el lugar donde tantas veces mi hermoso muchacho me había hecho sentir la mujer más dichosa y amada.

El avión despegó. No podía dejar de llorar. Mi vida quedaba atrás. Nunca más podría regresar. ¿Por qué el amor no puede ser comprendido y aceptado en todas sus condiciones ¿Cuál es la razón por la que dos personas que se aman hasta la locura deben ser separadas? ¿Qué sociedad brutal hemos creado? ¿Cuántas mentiras más deberemos soportar? ¿Llegará el momento en que alguna vez gritemos ¡basta!?

Ésta ha sido mi historia. Recibí el insulto, el oprobio de una sociedad asquerosamente pacata y perturbada en sus profundas raíces. Adiós amor, nadie te tocará como yo lo hice. Te acaricié más allá del cuerpo. Me encendiste el alma y te recordaré hasta mi último aliento.

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