Los colmillos del lobo (El hijo de la guerra)

Índice:

1 El Comienzo

2 El fin de la inocencia

3 El dolor

4 Los colmillos en la sombra

  Si hay algo que detesto es la palabra creer, ya que implica necesariamente la aceptación de algo no probado, ni visto jamás. Es claro que el creer lleva a la fe. A veces necesaria, otras trayendo lo más espantoso de a locura humana. Pero siempre usada por los que, a través de los siglos, han sometido a los pueblos de mil maneras diversas. Por eso nada de supercherías en mi vida, quizás al final me equivoque, no lo sé, pero al menos, en esa situación no me habré sometido a los verdugos de la mente humana. A aquellos que idearon paraísos supuestos para tapar el infierno real de la opresión en esta vida.

Si me equivoco y un ser me espera del otro lado para el castigo, alzaré mi frente y le gritaré con todas mis fuerzas que aborrezco a un Dios que ha permitido tanto dolor en esta pobre tierra. Quizás me hable del libre albedrío, en cuyo caso reiré a carcajadas, diciéndole que las religiones fueron inventadas, para ahogarlo. Como ven no creo (y perdón por la palabra) en la magia ¿Quién podría creer hoy en ella? En lo sobrenatural. Por ello esta historia me sorprende. La idea de un collar que solo se achica no es racional. Es obvio que alguna explicación científica podría encontrarle.  Sin embargo, no puedo dejar de soslayar que existen HECHOS, cuya naturaleza no podemos explicar. Al menos con la ciencia actual. Sospecho que nos esperan verdades tan oscuras y tenebrosas por descubrir, que espero no estar para verlas. La ciencia nos iluminará o nos destruirá definitivamente.

Esta historia absolutamente verídica, va más allá de la simple y pueril vida de todos los días. De la “realidad” que suponemos absoluta. Explora las razones humanas más oscuras y ¿por qué no? Situaciones, que, a la luz del simple conocimiento diario, resultan absurdas. Como sea, el lector podrá aceptar la narración con estupor o como un simple divertimento. Aclaro, por último, que los restos de Julián fueron encontrados esparcidos en un amplio terreno. Cuando llegó la primavera y la nieve dio lugar a la gramilla, también fueron encontrados los pocos despojos de su padre y de su amigo Peter. El arma aún está guardada en la Fiscalía de Colmar, Francia. Me lo trasmitieron de la forma que sigue. Todas las circunstancias que rodearon el drama han sido supuestas por mí, aunque siguiendo con rigor las investigaciones de las autoridades locales, las cuales siguieron fielmente el desarrollo de los hechos, ya que la excelente policía local desarrolló un nuevo método de pesquisa. Por ello, aunque las situaciones no sean exactas, ofrecen una secuencia lineal del drama.

La pregunta final es: ¿Qué se oculta tras las sombras que aún nubla nuestra precaria mente?

 El comienzo

 El timbre sonó esa noche, con un chirriar extraño. Quizás el temporal de lluvia, el viento furioso contra los cristales o la interminable tristeza de haber perdido a su novia, a la que había amado y (aún en el final menos esperado) seguía amando, les imprimía a sus sentidos, una exasperación desenfrenada.

 Su padre, un hombre que había combatido en la guerra de Bosnia, todavía se paraba recto como una estaca y portaba el clásico aire militar, que nunca había abandonado. Su hijo intentó muchas veces que le contará historias de aquella época, pero siempre fue inútil. La brutalidad de la guerra nos son temas para contar en familia Julián, -l e decía -. Lo que su padre no sabía es que su hijo había encontrado el Diario de Guerra. Ya qué siendo Oficial de alto rango describía al fin del día o a veces de la semana, lo ocurrido en toda la zona a su cargo.

Julián callaba ese conocimiento, pero no podía dejar de odiar a ese ser, que, aunque le había dado la vida, no dejaba de ser un monstruo. Aquel hombre nunca se había arrepentido de los hechos espantosos en que participara. Es obvio que su hijo, escuchaba, en las ocasiones, que llegaba al bar del pueblo, rumores. Palabras entrecortadas, miradas de soslayo. La sospecha que había sido un criminal, flotaba silenciosamente en el aire. Sin embargo, el pueblo tiene una cualidad: el silencio osco de sus habitantes. Por ello Julián intuía el desprecio palpable de las gentes. Pero el Diario le abrió los ojos.

Sobre la repisa descansaba, quizás para siempre, la pistola que había traído. Él la levantaba, la limpiaba con esmero y hasta solía irónicamente hablarle

– ¡Cuántas veces me salvaste la vida! – Julián le tenía terror, no le gustaban las armas. Pero aquella, siempre visible y cargada, le decía que había cegado muchas vidas, quizás demasiadas. Se acercaba y con asco observaba el cañón. ¿Cuántos hombres serían ahora solo huesos? ¿Cuántos nunca más volvieron a ver a sus seres queridos? El arma inerte, pero poderosa, seguía esperando y el, en el colmo de su dolor, seguía torturándose con la imagen de Elvira, con su cara perfecta. Veía sus ojos llorosos en el despido final, un amor que no debía haber terminado. Echándose nuevamente la culpa, abrió la puerta de la casa. Bajo una nevada intensa, el amigo de su padre simplemente dijo – buenas noches Julián- – – Bueno qué buenas noches ni ocho cuartos estoy empapado – Fue directo al sillón, frente a la chimenea. Sin su capote, ahora mostraba su poderosa espalda.

Su amigo, con una generosa copa de licor, simplemente le dijo -toma, te vendrá de perlas-

Julián silencioso y cabizbajo, se apoltronó en el taburete del rincón. Escuchaba, sin intervenir, la charla de los dos guerreros. Pero no se referían a aquellos tiempos, nunca lo hacían. Hablaban de hechos triviales, de su vida actual. La conversación se fue haciendo cada vez más lejana. Apenas un rumor llegaba hasta él. Entrecerró los ojos. Pensó otra vez en Elvira. Volvió a abrirlos, entonces algo fantástico, aunque trivial ocurrió. La luz del fuego bailaba sobre el cuello del padre de su amigo. Se levantó, y se puso frente a él, justo delante de su padre. Los interrumpió de golpe. -Algo le pasa en el cuello- le dijo-. El ex militar asombrado se tocó la camisa, entonces Julián ruborizándose dijo. – Claro es un collar, el reflejo del fuego. Discúlpeme – Comenzó a alejarse cuando la fuerte voz de Bruno, el amigo de su padre le dijo – Unis Vanius Tertius. Es lo que dice el medallón. ¿Quieres saber qué significa? – El padre de Julián intervino – No es un buen momento, además es una patraña –

– ¿Qué patraña? – preguntó Julián

Por un instante, su mente volaba a otro lado, lejos del dolor, de la ausencia, de la pérdida.

– ¿Extraño no?, un hermoso collar, casi una corta cadena y éste, digamos medallón –

–  Déjalo allí, Julián está pasando un mal momento -dijo su padre.

– ¡Quiero saber! –

-Trae Whisky, y siéntate, aquí junto al fuego, será una noche larga. -dijo, mientras acariciaba el medallón.

El frío había aumentado, la intensidad de la tormenta hacía crujir a los árboles. El brutal viento blanco finalmente había llegado.

Peter, le dijo a su amigo -prepararé el cuarto de arriba, imposible irte con esta noche. Y no tortures al muchacho con tus historias. En una hora tendremos la cena lista

Ahora estaban solos. El ex militar colocó otro leño al fuego. Julián hipnotizado por las llamas, volvió en un instante a su recuerdo. La veía caminando hacia él, contenta, con el cabello suelto. El abrazo, la ternura, la dicha infinita de saberla a su lado.

Afuera un lobo aulló. Prolongó el grito que poco a poco fue tapado por la furia de los elementos.

– ¡He muchacho!, ¿estás aquí? –

-Sí,  dijo Julián, lo siento- ¿Cómo es esa historia del medallón? .

-Del collar -aclaró Peter -La guerra es algo espantoso. Tienes la suerte, la dicha, que nunca vas a estar en ella. Ésta es una buena época.

En una noche como esta, hacía guardia en el búnker. El enemigo se encontraba muy cerca y esperábamos el ataque. Por aquel tiempo yo creía que estaba del lado correcto. ¿Sabes algo? Cuando te encuentras en un combate nada importa y por aquel tiempo. -Se detuvo unos instantes, tomó un trago, miró al fuego y dijo- -fue una contienda espantosa. La novedad de la carnicería estribó en el enorme poder que ejercieron los medios de comunicación y en lo eficiente que resultó la mercadotecnia política. El nacionalismo balcánico fue real e histórico, pero el repentino ascenso de un estilo agresivo se debió a maniobras de los políticos nacionalistas. Una sociedad civil en movimiento puede ejercer un contrapeso a las mentiras y verdades a medias que acostumbran a soltar políticos ambiciosos, pero debido al contexto de la época – eso no era posible en Yugoslavia. Aferrado a mi ametralladora esperaba simplemente un cuerpo para destrozarlo. Ese y solo ese era mi objetivo. Destruir. Creía en mi nacionalismo, en mi razón. Es increíble cómo nos manejan. La propaganda de los medios fue perfecta, como siempre. Los políticos, sentados en sus sillones, muy lejos del conflicto, causaron la muerte de cientos de miles de personas. La brutalidad se sumó a un sistema de agresión nunca visto.

 -La guerra también puso sobre el debate la capacidad de persuasión de las Naciones Unidas. Se supone que un organismo encargado de promover la paz debe mostrarse a la altura de las circunstancias. Al ordenarles a sus tropas no entrometerse en la refriega de la ex Yugoslavia. El papel de la ONU como intermediaria, resultó una caricatura. Mientras, nosotros matábamos y cada muerto hacíamos una marca en nuestros fusiles. ¿Sabes algo? Solo piensas en cuerpos, en carne caminando. Solo hay que lograr que dejen de hacerlo ¡Y no me preguntes! Te lo digo no me importaba. –

Julián fascinado, por escuchar por primera vez hablar sobre la guerra, temblaba. Miró el arma sobre la repisa y pensó que, debido al fuego de la chimenea, debería estar caliente.

Peter siguió con los ojos, ahora rojos, impulsado por una fiebre que desataba los peores recuerdos, hablaba solo, perdido, en la locura del pasado.

  -Estábamos parapetados en un edificio destruido. Los francotiradores asesinaban a cada civil que intentaba cruzar la plaza. Un muchacho corrió, tratando de protegerse con los árboles. Sonó un disparo. Pude ver claramente de donde había salido. El muchacho cayó y quedó tendido en el asfalto, mientras un charco de sangre se abría como una flor. Una chica corrió hacia él, la dejaron llegar hasta el cadáver y le dispararon. Alcanzó a arrastrarse y allí quedaron juntos, muertos. Vi esos cuerpos que se habían amado, pudrirse durante días al sol. ¿Sabes que hice? Por primera vez dejé de lado todas las técnicas de guerra. Todas las precauciones. Esperé la noche y di un gran rodeo. En mi locura quería llegar al flanco enemigo. Al cuarto piso de donde habían disparado. –

Julián hecho otro leño al fuego. Dijo- hijos de puta. –

 -Cargué mi fusil, los prismáticos de visión nocturna. Dos pistolas con silenciador, mi cuchillo y alimentos para cuarenta y ocho horas. Durante el día permanecía escondido y avanzaba en la noche. Al fin llegué al edificio.  Quieto, inmóvil esperé. En una de las paredes se había abierto una pequeña entrada. Me arrastré. En el silencio, todos dormían, hasta el ruido de un disparo con silenciador hubiese sido escuchado. El guardia se acercaba. En un solo movimiento estuve atrás de él y le corté limpiamente la garganta, mientras le tapaba la boca. Me saqué las botas y subí por las escaleras. Todo era oscuridad, pero la visión nocturna me daba todas las ventajas. Al fin llegué hasta las habitaciones. Todos dormían. Entonces descubrí al francotirador. Su fusil descansaba apoyado a su lado. Solo cinco cuerpos. No utilicé mi fusil. Portaba una metralleta. En un pandemónium de explosiones acabé con cuatro. Ni se dieron cuenta de lo que ocurría. ¿Te dije cuatro? El francotirador, aterrado quiso tomar su arma, no pudo. Otro disparo le inutilizó el arma. Se quedó allí. En ropa interior frente a mí. Temblaba, imploraba. Le pregunté si él había matado a la pareja y le prometí que, si decía la verdad, le perdonaba la vida. Confesó y le disparé debajo de la rodilla. Le tapé la boca con una cinta y le até las manos. Le vendé la herida e hice que se vistiera. El cielo empezaba a clarear. En pocos minutos vendrían más hombres. Lo colgué por la ventana. Quedó con la cabeza hacia abajo. Salí de allí y dije por radio a mis hombres que se preparan. Tuve suerte, demasiada. Llegué sin dificultades a mis líneas. Él seguía colgado. Al fin llegaron varios hombres e intentaron soltarlo. Ya en mis líneas estaba yo, con mi fusil. Esa mañana di cuenta de quince hombres, que intentaron soltarlo. El día había llegado. La mordaza de la boca se le había caído. Gritaba. Llegó el medio día y comencé el trabajo. Mientras pensaba en la pareja al sol, hice el primer disparo. Así impacté una y otra vez sobre aquel hombre, pero ningún disparo fue mortal. Uno de mis hombres me pidió el arma. Hizo el último disparo. –

El fin de la Inocencia

 Julián temblaba, ahora comprendía la razón por la cual su padre nunca quiso contarle.

Reunió fuerzas y preguntó – ¿Pero y el medallón? –

–  El collar y el medallón. ¡lo más importante! Me dejé llevar por el recuerdo de aquellos días. Antes de colgarlo afuera de la ventana vi el collar, extrañamente corto y el medallón. Se lo saqué. Sonrió, aun sabiendo que lo matarían. En ese momento no pude entenderlo. Más tarde lo hice. –

 – ¿Sabes lo que no puedo sacra de mi mente? ¡El olor a carne quemada! El humo de los disparos. –

– ¿Eso es todo-preguntó Julián

– ¿Todo? – ¡Que va!  Unis Vanius Tertius.  Significa: se achicará en ti. Mucho tiempo no le di importancia. Un día por pura casualidad, llegó a mis manos un extraño libro, un Grimo.

– ¿un Grimo? –

–  Un Grimo es un libro antiguo sobre magia. –

–  No creerá usted en la magia. –

– Yo creo en las armas, dijo Peter, aunque algo raro tiene este collar. –

– ¿Raro? –

El padre de Julián llegó en ese momento – la cena está lista –

– Pero, estamos en lo mejor – protestó Julián.

– Después seguimos – dijo Peter.

– No le habrás hablado de aquella época al muchacho –

 –  Para nada, solo historias. – respondió.

Julián se mantuvo expectante, el relato lo había sumido en un frenesí de horrores, que se sumaban a la perdida de Elvira, a la tormenta y al aullido de los lobos, que ahora se escuchaban claramente. 

Cenó en silencio mientras los mayores hablaban.

El Medallón, el hombre colgado, la pareja pudriéndose al sol.

Deshecho en mil pedazos se levantó de la mesa, tratando de ocultar sus lágrimas. Su pobre alma de muchacho solitario intentaba no apagarse, sobrevivir, en el invierno que nunca terminaba. Soñaba con una playa, con un mar azul y un sol inmensamente tibio. El frio ya estaba en sus jóvenes huesos.

Aquella pareja murió uno al lado del otro. No tuvieron pérdidas, solo un instante de dolor y quedaron unidos para siempre. En cambio, él, habiendo perdido lo único que le daba sentido a su vida, era solo era un muchacho viviendo en una granja aislada, solo con su padre y los libros.

Ella hastiada de la soledad, dejó aquel páramo, buscando otros horizontes. A su forma lo había amado, al menos un tiempo.

La primavera duró tan poco y el verano, en que ambos corrían descalzos por la hierba, acabó tan rápido que ambos, a pesar de haberse amado infinidad de veces, terminaron abruptamente. Ahora Julián atrapado en la soledad, en aquel silencioso infierno blanco, padecía cada segundo. Cada día se transformaba en una tortura. Aun cuando emprendía largas caminatas por el bosque, armado con su fusil, no lograba borrar la cara de Elvira. Su cuerpo tibio, en sus brazos, aquellos brevísimos, pero fundamentales instantes, actuaban como un bálsamo y también como un hierro al rojo sobre su piel helada.

Mientras se secaba las lágrimas, escucho el vozarrón de Peter – ¡He muchacho, ven aquí, ahora viene lo bueno ¡ –

Si bien la monotonía, la infinita soledad de su alma, podría desaparecer, al menos un instante, con la historia de Peter, no dejaba volver una y otra vez el dolor brutal que sentía en su corazón. Una mano de acero lo apretujaba. El ahogo trepaba desde su pecho hasta su mente febril e inundaban sus ojos.

Cuando escuchó la voz de su padre llamándolo, se levantó indolente y permaneció parado, como si no estuviese allí, frente a los dos amigos.

-Siéntate muchacho – le ordenó Peter y toma esto. Tragó la bebida y el fuego en su estómago, lo trajo a la realidad.

Allí estaba escuchando la historia del collar y su medallón.

-Te dije, comenzó Peter – que le saqué el collar a aquel desgraciado. Estaba seguro de su muerte y supo que no sería rápida.  En último instante, antes de colgarlo, me miró y sonrió. En ese momento no entendí por qué, luego lo sabría ¡y vaya de qué manera! –

Pasaron meses. Fueron los peores momentos de mi vida. Esa guerra parecía no terminar nunca, mientras los cadáveres se apilaban en las calles de a miles. Un día explotó muy cerca de nosotros una granada. No fue la metralla lo que me lastimó el cuello. Fue un trozo de mampostería. Sangraba copiosamente. En el improvisado hospital intentaron sacarme el collar, para limpiar la herida. Fue imposible. Utilizaron las tijeras para cortar cables de acero, sin resultados.

– Julián dijo ¿Pero no tiene un gancho? –

– Sí. Intenta desabrocharlo. –

Julián hizo fuerza, tiró, colocó una pequeña navaja, debajo del seguro.

  – ¿Has visto? –

Entonces Julián dijo – ¡Es una broma! Usted se lo sacó ese hombre. –

-Es cierto, y recordarás que también te dije que aun sabiendo que la muerte le esperaba, sonreía. –

El padre de Peter dijo algo acerca de las historias de terror, que era tarde y que se dejaran de estupideces.

El tiempo empeoraba. Se acercó a la ventana y vio claramente la figura de un gran lobo negro. -Ya están aquí, molestarán toda la noche

Peter se levantó, abrió la puerta. Un brutal golpe de viento helado entró en la habitación. Sacó su arma y disparo cerca del lobo, tres veces. No quería matarlo.

Los estampidos espantaron a Julián. No los esperaba.

Cerrada la puerta, el fuego se normalizó y él volvió a las preguntas. Se había despabilado. El Frío, los lobos y el arma en la repisa lo alertaron. Algo extraño ocurría. Una sensación de un vago temor lo invadía.

– Julián casi gritó Unis Vanius Tertius. El Grimo, la magia. –

– ¡Eso es! Muy bien –

– Entonces es una cuestión de magia- dijo Julián

 – ¡Más patrañas! -dijo su padre –

–  No, no es magia, es algo mucho más oscuro, tenebroso. El collar solo puede ser abierto si otra persona lo acepta. –

– Julián, con una risa histérica dijo –Ja ja ¿Por qué no lo ha regalado? –

 -Nadie lo ha querido. –

– Es hermoso – dijo Julián.

– ¿Lo quieres? –

– ¿Por qué no? –

– ¡Basta! -fue de un muerto, no llevarás eso encima. -dijo su padre

– Julián se quejó – ¿Entonces crees en la historia? Si me lo regala y no me gusta, se lo regalaré a otra persona. –

Cabizbajo Peter dijo – Muchacho no tengo derecho a pedirte que lo aceptes, existe algo más. –

– ¿Qué dijo? – dijo Julián

-Cuando comprendí que no había forma de quitármelo, comencé a investigar.

¿Pero qué buscar? Intuía que la sonrisa de aquel desdichado, al quitarle el colgante, significaba algo. Un coleccionista de joyas me dijo que debía ser muy antiguo. Finalmente, un viejo profesor me recomendó una serie de libros antiguos. Pero no sería sencillo hallar alguno. Esos libros se encontraban diseminados en el mundo. Guardados y protegidos en algunas iglesias.

– ¿Protegidos?  – pregunto Julián

-Guardan algunos secretos que necesitan ser resguardados. No pueden hacerse públicos.

El padre de Julián intervino entre contrariado y divertido – por favor en serio vas a asustar inútilmente al muchacho.-

Julián cada vez se involucraba más y más con la historia. No había logrado quitarle el collar.

Un escalofrío corrió por su espalda. Miró las llamas y luego el arma sobre la chimenea.

El dolor

 La figura de Elvira se perdía ahora en una bruma que lo cerraba todo. Se alejaba, se deshacía en la nada, como un fantasma vago y cruel. Sintió terror de perder al menos su imagen, de no poder recordarla nunca más. Entonces el aullido de un lobo lo trajo a la realidad. Peter hablaba y hablaba. Escuchó la frase justa -y al fin logré encontrar uno de los Grimo. En un viaje a Irlanda, recorriendo monasterios, tuve acceso a una pequeña biblioteca. Me dejaron hacer. Evidentemente desconocían la importancia de aquel volumen. Y allí estaba el dibujo del collar y el medallón. Fue pura suerte.

– ¿Y eso es todo?  – casi gritó Julián

–  Vamos a acostarnos, es tarde- dijo su padre

-¡No protestó- Julián -¡Quiero saber! Intuía que, si se acostaba, si cerraba los ojos, el dolor volvería a él. La mancha de humedad del techo, empezaría a girar y girar. Toda su habitación, la casa aislada en la nieve y hasta el mismo bosque, darían vueltas y vueltas, hasta enloquecerlo. Otra noche de insomnio, con la figura de Elvira escapando, mientras los copos caían mansamente, agotando los colores, quemando la vida misma. No, no, prefería permanecer despierto.

Reponiéndose, intentado liberar su mente del peso inexorable del dolor, hizo otra pregunta – ¿Por qué crees que se abrirá si me lo regalas? –

– Debes aceptarlo –

 – ¡Lo acepto – dijo Julián! –

– No tengo derecho, eres joven, te lastimará – dijo.

– ¿Lastimarme? Es solo metal. –

– ¡Julián, basta! -dijo su padre

– Muchacho -dijo Peter- aunque estamos alejados de los grandes centros poblados y a unos kilómetros se encuentre el pueblo, no somos diferentes al resto de la gente. Pensamos y actuamos en un mundo que suponemos real. Que no hay otras cosas, cosas que no vemos pero que están. –

Julián sentía ahora todo el frio de la noche en su alma vacía. Hundiéndose en la nieve, perdido para siempre. Esas palabras lo acercaban más a un pozo siniestro y sin embargo quería saber más. Preguntó – ¿cosas, que cosas? –

– Está bien, cuéntale todo, termina de arruinarle la mente – protestó su padre

-Si no lo hago, dijo Peter -vivirá engañado. Muchacho, no es magia, pero algo hace que el collar se achique en el cuello de su dueño

Julián se río con un espasmo, que no era sino temor. – ¿Cómo va a encogerse? -d ijo

– Sí muchacho, muy lentamente se acorta. –

– ¿Usted lo ha visto? –

-Hace seis años que lo llevo, desde el día en que aquel desdichado sonrió, porque sabía que, al llevármelo, me estaría condenando.

– El metal no puede reducirse solo – protestó Julián.

– Te dije que solo percibimos una parte de la realidad. Hay otro mundo, ahora, aquí a nuestro lado. Es siniestro y peligroso. Nuestros sentidos no son exactos, solo parciales. Así un perro huele lo que nosotros ni siquiera imaginamos. Otros animales perciben sombras, movimientos y sonidos que están lejos de nuestra racionalidad. Si captásemos TODA la realidad nuestra mente sucumbiría. Veríamos colores y formas moverse como fantasmas. –

La palabra fantasma le trajo a Julián la imagen borrosa de Elvira. Pensó que la muerte lo llamaba lenta e inexorablemente, atrayéndolo a un vacío sin formas ni esperanzas.

– ¡Patrañas!  papá tiene razón. Es un cuento. –

– Mejor que creas eso – dijo Peter. Te terminaría matando.

Fuera de sí Julián gritó – ¡lo único que me mata es este maldito lugar!  El bosque, los lobos grises, el paupérrimo pueblo en que solo sobreviven viejos. Esto harto, harto del viento y los aullidos. De la nieve que nunca termina. Sueño con un sol que ilumine y brille para siempre. Odio los árboles oscuros y el bosque que se traga el día cada vez más corto. ¡Lo acepto! Verán que es una estupidez. Al decir esto el collar se desprendió del cuello del Peter. De un salto Julián lo tomó mientras su padre gritaba – ¡No, no lo toques! –

Peter se frotaba el cuello, aún sin creerlo. Toda la situación se había salido de control.

– Somos libres, ¡déjalo, déjalo, suéltalo! – ordenó Peter.

– ¡Te matará!  – Gritaba su padre. – Es cierto, es verdad hijo, no lo hagas- Julián desafiante, con los ojos enrojecidos dijo – ¿Un simple collar que perteneció a un muerto? ¿Acaso imaginan que voy a creer semejante estupidez? –

Desesperado Peter gritó, tapando hasta el sonido del brutal viento – ¡se achica, te acogotará!, de alguna forma cada vez pesa más, sus átomos se vuelven más y más unidos, no sé cómo, tal vez la piel, el contacto humano o alguna reacción química que desconocemos ¡suéltalo! –

Desafiante Julián alzaba la voz – ¡claro y me eligió a mí para matarme!

Peter desesperado ahora imploraba, – déjalo, déjalo, es cierto, vos mismo no pudiste sacarlo. –

Julián en un frenesí de locura, reía con una sombría mueca -¡Se te cayó, así de simple! Ustedes ¿guerreros, soldados? Solo un par de asesinos. Me han querido ocultar sus atrocidades, pero ahora no más, ya lo sé. Los Balcanes ¿Quién les vendió las armas a cada bando? Los norteamericanos y los europeos ¡Por favor! Matar inocentes, al pueblo, todo en nombre de la religión. De la maldita religión. No hay dios, solo una un grupo de israelíes, que desde la Reserva Federal de los Estados Unidos deciden la suerte de millones de seres indefensos y la Comunidad Europea. Soy un muchacho, pero no soy estúpido. Ustedes son el final de la cadena. Los que tiran del gatillo. Ahora vienen con idioteces.

Estos meses de soledad me han mostrado el mundo tal cual es. Comprendí la necesidad humana de creer, de ilusionarse ¡sí las ilusiones! Así deseando una vida mejor nos hundieron en ideologías religiosas, políticas. Crearon iconos mesiánicos de cualquier índole. Crearon así una un mundo a su antojo. Establecieron valores morales, a los que debíamos seguir, porque eso era lo bueno. Lo mejor. ¡Toda una patraña de corruptos! Idearon un modelo del mundo para contrarrestar los miedos y darles sentido a los sufrimientos. Para que los aceptaran sin decir ni una palabra. Hasta hacernos creer que la guerra misma es necesaria. Sí, nos ilusionamos, creímos y esa creencia no es otra cosa que una falsedad impulsada por el deseo. De esa forma nos han engañado, conducido de las narices. Pero esa ilusión no tiene que ser por fuerza verdadera, nunca lo fue. Al final comprendí que las esperanzas son solo ilusiones mágicas. Pero el hombre ha aceptado el dogma. Nos forzaron la mente, los pensamientos y suponemos que el mundo que nos han querido vender realmente sucederá. Sucumbimos a la idea maravillosa de la esperanza y aquí estamos sentados, inútilmente mirando cómo la escala de valores, que constituye nuestra identidad moral e ideológica es una farsa, creada y sostenida por perversos. Así la ilusión nos ha mantenido pasivos, ingenuos, dependientes. Sentados en la inacción, esperando el milagro que nos salve. Incluso en el último momento de la vida, sabiéndose perdido para la eternidad, el hombre sueña con lo que le prometieron. Ya saben que toda ideología triunfalista termina al fin golpeándose con la realidad, que un día pone fin a sus ilusiones. Sí, sí, ¿Qué quedaría del pobre ser que pierde hasta a esperanza? La definitiva frustración.

Julián rojo de ira temblaba con el collar en sus manos. Su padre y Peter se acercaban lentamente, intentando encerrarlo. Se dio cuenta y retrocedió, poniéndose atrás del sillón. – ¡Quietos! ni un paso más. Tú, papá me trajiste a este páramo, solo para esconderte, para que no te encuentren. Nada te importan mis palabras, ni mi sufrimiento. Fuiste un verdugo frio y desinteresado. Jamás te habría detenido el dolor del otro. Ustedes son solo carroña, me alejaste de mamá, me condenaste a la más estricta soledad. ¿Acaso pensaste un momento en mí? ¿En lo que me sucedería?

Perdí lo más hermoso, Elvira se fue, harta de esta vida blanca y helada. No pude ofrecerle ni siquiera el amparo de la ternura. Estoy muerto por dentro. Ya no me queda nada. Seco como un árbol agotado.

De un salto llegó a la chimenea y tomó el arma. Los dos amigos gritaron angustiados. Su padre dijo-suéltala Julián, está cargada.  Él miró el cañón, tocó el seguro y dijo- ya lo sé. ¿Cuántas vidas quitaste con ella? –

–  Basta, déjala y suelta el collar –

– ¿Por qué lo haría? ¿No mataban para ser libres? ¿Para liberar a algunos de otros? ¿Ven? Está ansiosa, espera calladamente más muertes. Es cierto, hace ya mucho que no quita vidas. Podría probarla, luego irme, escapar de esta cárcel. Nunca los encontrarían. Es más, los lobos no dejarían ni un solo rastro suyo. Además, nadie conoce su paradero, nadie. Así lo han hecho. –

– Soy tu padre ¡basta Julián! –

– No, ya no lo eres, dejaste de serlo hace mucho tiempo. Siempre supe lo que fuiste, solo que no tenía el valor de aceptarlo. Pero ahora es distinto, veo todo claro –

Peter intentaba moverse lentamente y llevó su mano hacia la cintura.

– No lo lograrás-, la bala llegará antes que saques tu arma. –

– Muchacho – dijo Peter, en un tono adulador, sabía tratar con terroristas, para eso lo habían entrenado – nadie va a hacerte daño. Lo del collar es cierto, si te lo colcas te matará y esa pistola podría dispararse. Estás nervioso, es natural, tal vez un viaje a la ciudad te sentaría muy bien.  Pero el peligro estaba allí, una vez más, lo sabía. Su vida corría peligro. Ahora que se había liberado del fatídico colar, ese adolescente estúpido ponía todo en juego.

Julián corrió un sillón y se sentó. El collar extrañamente le pesaba. Lo apoyó sobre una pierna. Fue como colocar un ladrillo. Era pequeño y sin embargo su peso…pero no desvió su atención. Siguió con el arma recta, firme, como su padre le había enseñado. Sus ojos se mojaron, las lágrimas resbalaban mansamente.

En una imagen fugaz, Elvira apareció ante él, como un ángel, tratando de salvarlo de la muerte. Pareció escucharla, nombrarlo, susurrar su nombre. Recordó la cabaña abandonada, del viejo Tom. Aquella noche en que la nieve flotaba casi con delicadeza. El fuego chisporroteando en la chimenea. La alfombra, la breve cena que habían llevado y el cuerpo magnífico de ella, que se dejaba llevar por las inexpertas manos de él. Afuera la noche terriblemente oscura y adentro el amor y el placer descubriéndolos juntos.

Su padre creyendo que dudaba le dijo – está bien hijo, es lógico, vamos a salir de aquí, en cuanto la tormenta termine viajaremos. Podríamos ir al sur, ¡unas vacaciones! ¡Eso! ¿Por qué no? –

Los dos hombres rieron – ¡es una excelente idea! dijo Peter. Olvidemos esta noche, abramos una buena botella de ese vino excelente que tienen y hagamos planes. –

Los dos hombres creyeron que podrían escapar.

Julián callaba, seguía en aquella noche maravillosa con Elvira. Entonces nuevamente el dolor regresó a su pecho. Una mano de hierro apretando su corazón. ¡Elvira! Las palabras finales explotaron en su alma deshecha -Me voy dijo Ella -se acabó. – ¿No me amas? le preguntó Julián – ¿Debo elegir, le contestó y ya lo hice? Él le rogó, le imploró, lo hizo todo, pero ella quería la libertad.

La acompañó hasta la estación, la vio subirse al tren. No pudo decirle nada, solo lloraba en silencio. En un vacío aterrador, donde ya nada importaba. Sonó el silbato como un disparo. El tren comenzó a moverse. Él corrió a la par del vagón. Elvira lo miró un instante, atreves del vidrio empañado. Y quedó solo, para siempre, sabiendo que nunca más volvería a verla.

Los primeros días pasaron amargos, casi no se alimentaba y perdió peso.

Llegó el largo invierno y cada día se levantaba como un autómata. Entonces comenzó a beber, buscaba olvidar. Pero en las noches, solo en su cama, todo giraba. El techo de madera, la casa, todo. Primero un tono gris bañaba la penumbra del cuarto y luego, como un caleidoscopio, surgían miles de colores. Imágenes inverosímiles. Caras horribles. Dolor. Veía fuegos, llamas, escuchaba gritos. No lograba detenerlo. Cada noche sufría el horror de ese viaje nocturno a las marismas del alma. Se preguntaba la razón de su sufrimiento. El de los hombres en general ¿Por qué el destino o lo que fuese se ensañaba con los simples mortales, seres que no le habían hecho mal a nadie? ¿Dónde estaba Dios? ¿Dónde?

Cuando al fin llegaba el sueño, la cara de Elvira regresaba y su boca se abría como un abismo inmenso, gritándole -Ya elegí. El tren se alejaba.

Y otro día empezaba una y otra vez. Un cadalso infinito. Mil veces subiendo al patíbulo, hasta el fin del tiempo.

Volvió a la sala. El collar se hundía en su pierna. Quiso dejarlo sobre el sillón, pero no pudo.

Los dos hombres se habían acercado mientras él volaba hacia Elvira.

El disparo sonó con un estruendo, retumbando en la sala. La bala pasó a centímetros de Peter y destrozó el jarrón sobre uno de los estantes. Comprendieron en ese instante, que sus vidas peligraban.

El padre de Peter jugó su última carta, avanzó hacia su hijo. – Mátame, mátame ¡Soy tu padre! –

El segundo disparo le reventó la rodilla. Con un grito de dolor cayó al piso sangrando profusamente.

– ¿Qué has hecho muchacho? Dijo Peter, arrodillándose al lado su amigo. Disimuladamente buscó el arma en su cintura, pero Julián esperaba el movimiento. El tercer disparo le dio en el hombro haciendo que la pistola cayera lejos de él. Con un esfuerzo inmenso Julián logró levantarse con el collar en una mano y en la otra el arma. Ya todo estaba hecho o mejor dicho una parte.

Ahora deseaba, aún más que a Elvira. Volvió a preguntarse dónde estaba Dios. Qué ser cruel e injusto custodiando a la barbarie humana. Cuanta mentira para justificar al dominio del poderoso sobre el inocente. Para hacerle creer a este último, que aún después de todo el sacrificio y dolor de una vida, quedaba una estúpida esperanza en la nada.

Los dos hombres gritaban. Ató las manos y los pies de Peter e hizo lo mismo con su padre. Abrió la puerta y toda la tormenta ingresó helando el recinto. Con un esfuerzo sobre humano los arrastró afuera. La nevada había concluido. Los alejó solo unos metros de la casa, justo donde empezaba el bosque.

Peter lloraba, el hombre que había matado a decenas de personas, el guerrero imploraba. Su padre habiendo perdido mucha sangre, le gritaba

– ¡no irás lejos! –

Cuando hubo terminado, regresó a la casa y limpió toda la sangre.

Tapó con cuidado el disparo que había roto el jarrón.

Miró por la ventana. El gran lobo negro se acercaba y tras él la manada. Su hocico gigante lanzaba vapor. En ese momento cruzó sus ojos rojos con los de Julián.

Durante un rato escuchó los gritos desgarradores.

Esa noche volvió a nevar. Por primera vez pudo dormir, sin que el mundo girase. Hasta Elvira parecía no haber existido nunca.

Por la mañana cargó su mochila y buscó el sendero. El cielo inmensamente azul no presagiaba nieve. Miró hacia el bosque, los cuerpos no estaban y otra nevada no mostraba huellas de la carnicería.

Estaba decidido a marcharse, buscar a Elvira. Sí, la encontraría, ella iba a entender. Quería otro mundo, calor, gentes, una nueva vida. Ahora lo lograría.  Su padre había guardado una pequeña fortuna. Había matado, es cierto, nadie lo sabría. Después de todo, aunque había asesinado a su padre y a Peter, los dos eran carniceros. Criminales brutales, en una guerra que no era suya. Ni siquiera el patriotismo, nada, solo dinero.

Una imagen fugaz llegó hasta él. Vio a su madre alzándolo, subiéndolo a una hamaca y atrás, a su padre hamacándolo. Tendría cinco años. Nunca, nunca más volvería a aquella época feliz.

Los colmillos en la sombra

El viento trajo la música monótona del pinar, un silbido tétrico y repetido. Las ramas se golpeaban entre sí, retumbando, trayendo frías notas que estropeaban los nervios. Pero otra música lo sacó unos instantes de aquel solitario páramo. El carrusel girando y girando y él trepado a un caballito de madera, su madre riendo en cada vuelta, saludándolo. Ahora se veía en una pequeña cama. Su padre arropándolo. De la otra habitación le llegaba una extraordinaria música, lenta al principio y luego, con una dulzura exquisita, trepaba por el cuarto, invadiéndolo en una alegría única y suprema. Mucho tiempo después, a sus ocho años, volvió a escuchar aquellos maravillosos sonidos y supo entonces que un tal Beethoven, la había escrito para deleitar a los espíritus más sensibles. Ahora sentía vibrar su alma, lo acompañaba en esa mañana helada.  Pero, no, no tenía que pensar, sacó la idea de su mente, pero no pudo evitar el llanto.

Hundió sus pies en la nieve. Paso a paso. La estación distaba algunos kilómetros. Tomaría el tren. Pasaría por varias ciudades y su rastro se perdería. Ahora él tenía un sueño, una esperanza y caminaba hacia ella.

Había nevado mucho, mientras él dormía. Cada paso le costaba un gran esfuerzo. Un pie y luego otro y después el siguiente. Transpiraba. Entonces sintió el peso enorme en su mochila. Aumentaba. Entonces recordó haber guardado el collar. Intentó sacarse la mochila y no pudo. Una mano estaba helada, había perdido el guante.  Era inverosímil. Las correas parecían soldadas a sus hombros. Sus dedos no servían. Se sacó el guante de la mano izquierda, tiró del cierre de la correa. La extrema temperatura lo había soldado. Era inútil

Exhausto, a los dos kilómetros, tuvo que sentarse en un árbol caído. El cielo se encapotó y comenzó a nevar. Logró hacer un kilómetro más, pero ya no pudo distinguir el sendero. Todo estaba blanco. Hizo un último esfuerzo, como si pisara sobre una blanda marisma, la profundidad de la nieve lo fue sumergiendo. Cavó con las manos, como si nadara en arena.

Buscó el cuchillo en la mochila, para cortar las correas, pero no lo alcanzó.

El peso aumentaba y lo enterraba casi de espaldas. Recordó el collar. Aterrorizado vio al gran lobo negro solo a unos pasos. Lo rodearon cinco grandes bestias. El Líder avanzó. Sentía el miedo de Julián. Éste extrajo el arma disparó una vez, dos, tres y cayeron tres de los animales. Gatilló una última vez, pero ya no quedaban municiones.

La gran bestia miró a los otros lobos muriendo, luego fijó sus ojos en el muchacho caído. El odio asomaba en ellos, supo que Julián ya no ofrecía peligro.

En el momento en que el lobo negro le mordía la garganta, su último pensamiento fue la imagen de Elvira, que lo envolvía con sus brazos tibios, mientras él recorría su cuerpo increíblemente bello, amándola hasta el delirio. Casi sintió el calor de aquella noche junto al fuego, en la cabaña del viejo Tom. Todo se volvió blanco, vació, sin formas. Solo el viento helado fue testigo. La nada al fin había llegado.

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