El amor después del amor

Volverse a enamorar, aceptar un nuevo amor, a veces trae muchas preguntas ¿Y si vuelvo a equivocarme? ¿Y si otra vez me decepcionan? Es normal hacerse preguntas, dudar. Pero la vida es una y el tiempo pasa. Tu deberás elegir el camino, o la soledad o un nuevo comienzo. Cientos de mujeres pasan por esos trances. A veces con mucho dolor. Nunca te dejes vencer. Debes mantener tu estima alta. Sentirte poderosa.

Carmen escuchó las casi mágicas palabras del párroco “les declaro marido y mujer hasta que la muerte les separe”. Su vida se abría al más maravilloso momento. Andrés y Carmen, Carmen y Andrés para siempre. Marido y mujer, lo que tanto había deseado al fin se convirtió en una realidad. Todo fue mucho más de los esperado. Un noviazgo de cuatro dulces años y el hombre perfecto. Un carácter tranquilo, dulce y amoroso. Lo tenía todo.

Ahora, después de doce años, volvía a aquellos recuerdos. Las maravillosas primeras épocas. Tiempos de intenso placer. ¿Cómo no rememorar las noches y los despertares en que ella y Andrés se transformaban en una sola persona disfrutándose hasta el delirio? No tuvieron hijos, eso les permitió usar todo el tiempo para ellos. Vinieron amigos, salidas cada semana. Todo junto en una fiesta que parecía que nunca terminaría.

Se preguntaba que es el tiempo, la sucesión de horas y días y llegaron, casi sin darse cuenta, los años. Un día los encontró mirándose sin comprender por qué el fuego había comenzado a apagarse. Ninguno había hecho nada para herir al otro. Seguían necesitándose. El amor poco a poco se había transformado en otra cosa. Carmen se negaba a admitirlo, no quería pronunciar en su mente la palabra costumbre. Le horrorizaba. Le hacía pensar en el fracaso, en un fin anunciado. No, no quería.

Andrés se había acostumbrado. Nunca emitió una queja. El sexo seguía para satisfacerse mutuamente. No como antes, en parte era lógico. ¿Y si él lo hacía para que estuviese tranquila? Otra palabra terrible “complacencia” asomaba a veces a su mente. El razonamiento conducía a otra peor, “pena” ¿Podía el amor transformarse en un sentimiento espantoso? ¿Era ella o era él?

Tantas veces se preguntó si el amor había concluido. Si el interés en compartir los momentos más recordados, se terminaba. Acaso la rutina, la repetición de días y años había resquebrajado la relación.

Habían perdido los momentos. Ya no compartían los secretos. Las charlas íntimas y jugosas eran sólo un lejano recuerdo. Sin embargo, Andrés parecía no percatarse de ello. ¿Acaso era su culpa? Esa duda la atormentaba. Estaba sola, sin nadie, ni siquiera una amiga a quien confiarle su pesar.

En las noches, mientras su marido dormía, ella no lograba descansar. Su mente iba y venía, estallaba en cientos de pensamientos. Se preguntaba que señales tenía para asegurar que el matrimonio se desmoronaba. Andrés, tal vez inconscientemente, había dejado de comunicarse como antes.

Ya no había confianza. Veía la falta de interés. No le prestaba atención. Ya no había llamadas al móvil, durante el día, ni lindos mensajes de amor. El poco tiempo que compartían juntos no era el mismo de antes. Hasta las salidas con amigos se habían perdido. Tantas metas se habían propuesto y ahora, como un espejo roto, nada quedaba de los sueños.

Llegó el día de su aniversario, doce años. Andrés había comprado un gran pastel. Habían invitado a sus amigos. El ambiente estallaba en risas, música y alegría. En un gran asador, Andrés feliz cocinaba carnes. El vino y los abrazos alegraban las almas. Llegó el brindis. Ambos, tomados de la mano, juntos soplaron la vela del número doce. Se abrazaron y un largo beso hizo estallar los aplausos. En el alma de Carmen volvió a pasar una oscura nube. Mientras sonreía pensó en complacencia y pena.

Andrés le había prometido una noche muy especial. Ella aún con la esperanza de volver a las épocas felices, se había comprado un nuevo conjunto de lencería. Era realmente muy sexi. Se lo había probado. El espejo le devolvió la imagen de un cuerpo perfecto y deseado. A sus cincuenta años aparentaba no más de cuarenta. Sus pechos perfectos y firmes llamaban a hundirse en ellos.

Había elegido un conjunto rojo. Esperaba recibir el placer y el cuidado que una vez su marido le había dado, en los días maravillosos ansiados. Los invitados se retiraron. Andrés eligió una música romántica, que a ella tanto le gustaba. Carmen recostada en la gran cama, cerraba los ojos ávida, todavía deseándolo.

Por la mañana él se había ido a su trabajo. Ella se quedó en la cama recordando la noche. Sí, la había amado incluso le había prodigado su boca, recorriendo su piel, su vientre. Explotó en los límites del placer. Pero las nubes de las dudas regresaron a enturbiarle la mañana.

Mientras desayunaba, por primera vez las lágrimas rodaron por su cara. La realidad al fin la había alcanzado. Se culpaba a sí misma del fracaso, que ahora veía asomando a su vida. Las preguntas la golpeaban sin piedad, ¿por qué?

Dos noches después ella trató de excitar a Andrés. Deslizó su boca por su pecho. Buscó sus piernas y jugó con su boca hasta saciarlo. Sin embargo, la felicidad del pasado ya no regresaría. Transcurrió un mes más y un día la decisión estaba tomada. Solo ella sabía que se lanzaría al futuro.

Una y otra vez la pregunta le azotaba como un salvaje viento del invierno: ¿entonces qué es el amor? ¿Acaso la sexualidad, el placer, se debían ir apagando con los años? Ese maravilloso sentimiento de querer desear y ser cuidada ¿debía se separado para siempre de del deseo físico? Es verdad que los maravillosos juegos de los primeros años podían atenuarse, pero si ya no sentimos el impulso de la piel excitada, ¿Qué más queda?

Carmen daría un salto al vacío. Temía, claro, pero si no cerraba definitivamente una puerta, nunca podría abrir la siguiente. A diferencia de otras personas, no tenía ningún problema económico. Fue un sábado por la tarde. Andrés se había ido al club, regresaría por la noche. En una hoja escribió tres palabras “Ya no más”. La dejó donde quedaban las llaves de los autos. Salió a la calle, con su maleta. Lo demás lo había cargado en su auto. Miró por última vez al apartamento y cerró la puerta. El mundo ahora era suyo.

Ninguna amiga supo de su partida, tampoco sus padres. Solo envió un mensaje a todos con su móvil “no me busquen”. Sabía que se preocuparían ¿acaso alguien sufría por ella?

Condujo durante horas. La carretera le despejaba. Un sentimiento de libertad única, necesitada y al fin alcanzada, llenaba su espíritu. El auto corría hacia el atardecer que coloreaba suavemente el cielo. Se detuvo en un motel en el camino. Cenó en un bar. Un nuevo y maravilloso aire le iluminaba la cara. Se sentía flotar. Todo estaba por comenzar ¿Cómo sería ahora su vida?, esa pregunta le fascinaba. Así concluyó el día más importante de su vida.

¿Hasta dónde debemos esperar? ¿Por qué marchitarnos cuando aún toda la fuerza de la vida está con nosotras? Esa noche quiso ser ella, solo ella. Se acostó desnuda, ya nada la detendría. El placer llegó en oleadas cada vez más intensas. Y durmió como hacía mucho tiempo. Unas manos la llevaban por un camino entre altos juncos que bordeaban la orilla de un arroyo caudaloso. Llegaba a una cabaña. Allí le abrazaba y se hundía en unos ojos maravillosos.

Hacía la tarde del segundo día, ya, lejos de su otra vida, encendió la radio y su música preferida le elevó como si flotara, más allá de todos los dolores que había sentido. Salió, más tarde, a la calle. Conocería el maravilloso pueblo de montaña. Se perdería en sus calles curvas, mientras soñaba con lo que le esperaba.

Regresó a Málaga. Había arrendado un hermoso piso. Se dejó caer en el gran sillón. La tarde se apagaba dulcemente. Desde su gran ventanal disfrutaba el puerto. Un gran yate impresionaba con su presencia. Las gentes caminaban por el paseo marítimo. Las luces parpadeaban mientras los restaurantes repletos de comensales, llamaban a sus mesas. Estaba satisfecha. Ahora, en una nueva vida, todo era posible. Aunque quizás la soledad fuese su nueva compañera. Tomó su bolso y bajó al paseo.

Caminó a lo largo de la noche que llegaba. Arriba la Alcazaba brillaba, espléndidamente iluminada. Se sentó en un restaurante, mirando a la bahía. El cielo había perdido el púrpura y ahora Venus brillaba intensa al lado de una magnífica Luna. Levantó su copa de vino y entonces descubrió unos ojos que la observan risueños. Un hombre solo de quizás treinta años le sonreía. Se levantó de su mesa. Se acercó y le preguntó si podía sentarse y compartir la mesa. Ella asombrada y alegre le dijo que sí.

Hablaron unas horas y compartieron una exquisita cena. Quedaron en verse al siguiente día. Pasaron días como una pareja nueva maravillada por los encuentros tan esperados. Fueron hermosas horas. Se entregó en los más fogosos abrazos. Se sintió viva después de tanto tiempo. Se dejó amar, recibió y dio todo el placer que fue capaz. Ese hombre hermoso fue la llave para abrir la puerta de par en par. Un mes más tarde partió rumbo a un largo viaje. No supo nada más de él. Pero ahora se sentía poderosa, única, especial. El pasado estaba olvidado.

Las viejas amigas la llamaron, una de ellas cumplía años. Había decidido borrarlo todo. Ahora tenía otras amigas, pero no pudo decir que no y fue. Un sábado por la noche tocaba la puerta de Ana. Carmen era ahora otra persona. Había perdido algunos kilos. Su figura, antes imponente, ahora deslumbraba. Su ropa también había cambiado. Un vestido perfectamente ajustado a sus curvas incitaba a mirarla. Destilaba erotismo. Sus piernas perfectas parecían llegar al cielo. Varios hombres que no conocía, hicieron silencio, quedaron deslumbrados.

Sus amigas se acercaron a abrazarla. Ellas también estaban sorprendidas del increíble cambio. Enseguida, un hombre demasiado joven para ella, se le acercó sonriendo, con una copa de champagne. La acaparó un buen rato. Ella, le sonreía mostrando sus perfectos dientes, mientras sus labios sensuales se movían. El muchacho pasó su mano por su cintura. Entonces le vio sentado en un rincón.

Andrés la miraba sin creer lo que veía. Sus ojos desesperados comprendían lo que había perdido. Después de tantos meses al fin la encontraba. Ella no se inmutó. Ahora tenía en su mano todo el poder. Andrés comprendió que la vida le jugaba su peor partida.  Ya no tendría nunca más su conversación, su sonrisa maravillosa y ese cuerpo único, deseado y ya perdido.

Le pidió su nuevo número de móvil, el anterior lo había dado de baja, ella se negó. Fueron pocas palabras. El muchacho comprendiendo la situación le dijo a Carmen si quería que la llevara, ella en la cumbre de su poderío, lo tomó del brazo y salieron juntos. Andrés comprendió que nunca más la tendría, que todo estaba perdido.

El muchacho la llevó en su coche. Minutos después habían llegado. Ella, totalmente desinhibida, le dijo – ¿Quieres tomar una copa? Subieron a su piso. Ella le sonreía ¡el mundo era suyo! Libre al fin de la rutina, de los temores y en la vida, allí estaba firme y feliz. Fue una noche de increíble placer. Carmen jugó con su pareja, como una excelsa maestra, utilizó toda la sugestión del erotismo. Sugerir, mostrar de apoco, hacerse desear. La última prenda fue sacada por el toro que, esa noche, sería para ella. Dejó caer la braguita y sus pieles explotaron en los abrazos. Las caricias volaban sobre Carmen hasta hacerla gemir una y otra vez.

Por la mañana, con toda la confianza inundando plenamente su alma, la encontró desayunando cerca de la calle Larios. Las gentes circulaban alegres, despreocupadas. Los turistas, en decenas de idiomas iban y venían. Luego caminó hasta el paseo marítimo. Tomó el sol del Mediterráneo, se detuvo frente a un músico, que, con su saxo, creaba un ambiente mágico. Después del mediodía almorzó disfrutando la vista maravillosa del puerto.

Tranquila analizaba los últimos meses de su vida. Jamás imaginó que estaría, como ahora, libre con el mundo a sus pies. ¿Cuál sería su destino? ¿Acaso importa pensar en lo que vendría? Se dijo que el pasado ya no existía, el futuro es una incógnita, pero el presente es la maravillosa oportunidad de respirar. De disfrutar los amaneceres y las tardes sublimes. Caminar en las noches cálidas bajo las estrellas, por eso el hoy es un regalo y por ello se le dice que es un presente.

Tranquila, saboreando su vino, Carmen pensaba que si bien una relación que se termina implica un fracaso siempre hay algo que enseña y ella lo estaba aprendiendo y ¡cómo!  Ahora era el tiempo del crecimiento y aprendizaje.

En un principio tuvo que asimilar y afrontar los sufrimientos que la ruptura le produjeron. Pero fue fuerte, tuvo claro el camino y la decisión. Algunas amigas habían pasado por separaciones muy difíciles. Primero lo habían negado, luego siguió la ira hacia su ex pareja. Algunas cayeron en una depresión profunda. Y llegó al fin la aceptación. Nada de esto le pasó a Carmen. Quizás su carácter, su forma de ser, le impulsaron a su nueva vida. Así, sin reproches regresó a su piso, ávida por vivir lo que le esperaba. Llegaron varios encuentros

Recordó a los hombres que entraron en su vida, luego de su matrimonio. Ariel fue el primero. Una cita a ciegas producto de una red social. Tenía su misma edad. No le desagradó en un principio. Necesitaba sentirse deseada. Fueron momentos de aprendizaje y también de dolor. Un largo mes intentó que la relación funcionara. En un principio el sexo la deleitó, fue un buen amante. Sin embargo, los días pasaban y descubría poco a poco que no sería su hombre.

Fue el primer desengaño, tenían una gran diferencia de cultura. Caminaban, recorrían la ciudad en coche, cenaban y se quedaban en silencios incómodos que presagiaban la imposibilidad de comunicarse. ¿De qué hablar? ¿Y si lo único que se puede esperar de la otra persona solo son momentos de placer? ¿Y después? Fue la primera lección, quien llegara a su vida debería tener una educación similar o cercana a la suya. Se reducían las posibilidades, pero no perdió la esperanza. Siguió su camino esperando.

Lautaro fue el segundo. Se conocieron en un pub irlandés. Más alto que ella, con su cabello casi rojizo, una cara agradable y la tonada del típico irlandés la cautivó. Un hombre de mundo, crítico de arte. Pasaban horas hablando, cambiando opiniones, charlando de todo. Carmen navegaba en las aguas que tanto deseaba. En el segundo encuentro se regocijaron juntos en la casa de él. Ahora lo tenía todo, el hombre que había deseado estaba ahora para ella. Supo manejar su cuerpo, llevarlo con suavidad al goce profundo. No recordaba haber dado tantos gemidos, mientras su cuerpo temblaba electrizado. Y otra vez grises sombras cruzaron por su mente.

¿Qué le ocurría? Durante días, cuando estaba sola, un sentimiento de congoja le apesadumbraba. Pero no podía entender el por qué. Lautaro viajó a Ámsterdam, estaría allí dos semanas. El trabajo los separaba. Regresó. Los pensamientos oscuros desaparecieron. Nuevamente disfrutaron juntos una semana completa. Una noche, después de amarse con frenesí, él le dijo -Amor tengo otro viaje. Carmen comenzó a llorar mientras le abrazaba. Las lágrimas le resbalaban por la cara. Había comprendido la segunda lección: no se debe amar a quien carece del tiempo necesario para compartir. Así terminó sin más.

Un mes después llegó Leandro, físicamente estaba lejos de ser lo que Carmen deseaba, pero se dijo para sí que debía probar y lo hizo. Esta vez no hubo chispas, ni luces estallando, ni mariposas en el vientre, ni gemidos maravillosos anunciando el éxtasis. Se dijo que él tenía tiempo para darle y su charla era muy agradable. Sus palabras, la dicción, el tono en que le hablaba la enamoraron. El sexo no era maravilloso pero lo demás sí.

Planearon un viaje juntos. Y allí otra vez la oscuridad cruzó por su alma. Leandro no podría viajar ni esa vez ni nunca. Desesperada Carmen supo de los graves problemas económicos por el que pasaba Leandro. Comprendió que no tenían futuro. Ella contaba con recursos, él no. La tercera lección había sido comprendida.

Tres intentos y tres fracasos. ¿Acaso existiría la persona que tanto buscaba? La soledad le pesaba. Pensaba que tal vez ese fuese su destino, pero ¿por qué no aceptarlo? Algunas de sus amigas hacía años que vivían sin pareja. Varias habían adoptado a pequeños perros. Otras, ya apagadas, gastaban sus horas en algunas tareas para llenar sus vidas. Carmen se negaba a ello. Sentía el fuego inmenso que esperaba a ser encendido. Necesitaba las palabras que le iluminaran cada día.

¿Existe la casualidad? ¡Quién lo sabe! Carmen había sido invitada a una casa de campo en Nerja. Estaba feliz de volver a recorrer sus bellezas. Llegó temprano, aparcó su auto y se dirigió al hermoso Balcón de Europa. El sol inundaba el día. El Mediterráneo perezoso brillaba incontenible, sin moverse. Se sentó en un bar y pidió una copa de vino. ¿Qué más podía pedir? El solo hecho de estar allí, de vivir en un clima maravilloso, de ser libre, lo era todo.

Luego visitó la famosa Cueva de Nerja. Bajo la montaña el fresco le acarició la piel. Sintió la necesidad de gozar como las últimas veces, ansiaba nuevamente unos brazos que la acunaran hasta el éxtasis más profundo. Sabía que pronto lo conseguiría. Hacia la tarde llegaba a la casa de su amiga Irene.

Unos esplendidos jardines conducían al gran chalet. Un enorme estanque reflejaba la fachada, como un espejo invertido. El almuerzo se sirvió debajo de unos frondosos árboles. Todo ocurría en un ambiente de amistad y tranquilidad relajante. Las conversaciones flotaban en el aire con una cadencia perfecta. Entonces se sintió el motor de un coche. Un convertible rojo acababa de aparcar frente a la fuente. Todos miraron al recién llegado que caminaba hacia ellos.

La amiga de Carmen y su marido se levantaron y fueron a su encuentro. Minutos más tarde lo presentaban. Jack tendría unos cuarenta años. Su metro noventa sumado a su cuerpo perfecto se sumaba a una sonrisa fresca y especial. Llegó el turno de Carmen, levantada recibió los besos correspondientes en sus mejillas, y allí en ese preciso momento algo ocurrió.

Los ojos de Jack cruzaron los de Carmen y ambos produjeron la chispa, el fuego que se enciende sin siquiera imaginarlo. Ella quedó casi sin voz, tal fue el choque maravilloso de sus almas. Él no le perdió ni una vez la vista. Estaba impresionado. Ahora debían tener su tiempo juntos, era esa tarde o quizás ninguna. Llegó el momento del café y Jack sin perder la oportunidad se acomodó al lado de ella. Y todo comenzó

¿Pueden dos personas amarse solo con algunas palabras y miradas? ¿Acaso importa? Ambos supieron sin dudas que la vida les ofrecía el más hermoso regalo del amor. De regreso a Málaga quedaron en volver a verse. Otra vez en el paseo marítimo la noche llegaba en los indescriptibles violetas del cielo que esperaba la noche tibia. Se encontraron con un profundo beso. Sin decirse palabras, abrazados se sentaron frente a un cantante que les daba una maravillosa canción.

Fue la primera noche. Jack arrendaba un piso muy cerca de la Alameda. Allí estaba Carmen preparándose para un viaje soñado. Los brazos de su amado le ofrecieron mucho más de lo que esperaba. ¿Puede ocurrir que el sexo lleve, después de años, a un frenesí casi incontrolable? Carmen lo descubrió esa noche.  Jack jugaba con su cuerpo de una manera distinta, así lo pensó ella. Cerraba los ojos y se dejaba llevar, sintiéndose vibrar en cada beso que le daba, en cada roce de su lengua hundiéndola hasta el delirio. ¿Era así? ¿por qué nunca la habían dado tanto? Entonces comenzaron las preguntas.

En los días que no se veían Carmen daba vueltas y vuelta a la idea. Su vida anterior con Andrés le parecía tan lejana, como un soplo. Apenas una breve llama en el viento. Y ahora descubría un mundo nuevo, cálido, acogedor y furiosamente impredecible Con Jack el placer surgía instantáneamente a borbotones, ahogándola en torrentes de gemidos que se convertían en gritos.

Cada día buscaba las respuestas que no encontraba. Su mente se descontrolaba sin descanso No eran las manos, la boca, las caricias ni el poderoso sexo de Jack, lo que la enloquecía. Había algo más, mucho más. Recordaba las primeras miradas y el shock que sintió esa vez, un golpe eléctrico. Como si él disparara un rayo invisible que la envolvía. Sí, algo más.

Estaba enamorada y ¿qué era eso? ¿La atracción física? ¿el placer? ¿el sentimiento de tenerlo todo? No, tenía que ser algo mucho más profundo. Pero no podía definirlo. Pensó entonces que ocurriría si él la abandonara, o ella a él. ¿Acaso la desesperanza la alcanzaría? ¿caería en un vacío insoportable? No lo sabía. No quería perderlo y entonces recordó los últimos años con Andrés. Cómo día a día años tras años algo se había ido desgajando, como un querido y cuidado árbol que pierde lentamente sus maravillosas hojas.

Una mañana, en que desayunaba sola en el paseo marítimo, dejó volar su mente. Una suave brisa refrescaba del sol que empezaba a calentar el día. Recordó sus últimos años, las parejas que habían llegado y se habían ido y ahora Jack. Quiso alejar cualquier viejo fantasma que enturbiara la certeza de su felicidad.

La última noche él le quito con cariño la ropa. Ella se acostó boca abajo. Jack le dijo -Quédate así ya vengo. Regresó con frasco de mermelada de fresas, una cuchara y unas galletas. Abrió el bote, sacó el dulce y en pequeños montículos los puso a lo largo de sus nalgas. Untaba riendo la punta de una de las galletas. Luego absorbía el dulce. Le dio vueltas y repitió la operación a lo largo de su estómago, en su vientre y su lengua jugó hasta saciarla.

Sin embargo, las preguntas continuaron rebotando una y otra vez en su mente. ¿Qué es el amor? ¿es lo que ella sentía por Jack? ¿seguiría deseándolo? ¿Podrían seguir en la felicidad en que se encontraban?  Si era amor debía ser lo más importante en la vida. Sentía la necesidad que el vínculo que habían logrado llegara a lo más alto. La necesidad de dar y recibir cariño. De cuidarlo y ser cuidada. El vínculo afectivo y sexual era maravilloso. Comenzaba a sentir que lo que ella sentía por él, también él se lo devolvía con creces

Necesitaba hablarle cada día, compartían los mismos gustos. Sus largas conversaciones los acercaban más y más. Intuía que el amor correspondido le alcanzaba la felicidad que tarto había deseado. La hacía crecer. Las ganas de vivir cada día se le hacían inmensas y necesitaba, deseaba que Jack se sintiese de la misma forma.

Una tarde se encontró con Beatriz, una vieja amiga. Desayunaron en un café a pasos de la calle Larios. Su amiga llegó primero. Carmen caminaba saboreando la mañana espléndida. El cielo impecablemente celeste y las calles con sus bares repletos le hinchaban el alma. Caminaba y su breve vestido flotaba a cada paso. Beatriz la reconoció desde lejos. Finalmente se abrazaron. Carmen, con sus mejillas encendidas y los ojos brillantes se sentó. Beatriz le preguntó que le ocurría, ella simplemente le dijo -Estoy enamorada.

Así junto a Jack caminaron juntos en su nueva etapa. Carmen comprendió que nada le aseguraba un futuro maravilloso. Viviría intensamente cada día sin pensar más que en la felicidad que había alcanzado. Otra noche se acercaba, Jack estaría esperándola. Al fin ya no había más dudas.

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